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miércoles, 19 de septiembre de 2012

Terremoto 1985


Recordamos el Terremoto de 1985 en Ciudad de México, no para revivir la tragedia, sino para darnos cuenta de que podemos vernos a los ojos y reconocernos como uno.

Le he preguntado a mucha gente qué es lo que vió, qué es lo que vivió. Lo viven otra vez conmigo. Lo más significativo que me cuentan es el silencio. Y luego los edificios cayendo, los vidrios rotos, los gritos y llantos.

Un tío fue brigadista en el Centro. Dice que aquello apestaba a muerto y a tristeza. Cuenta que a mucha gente no la pudieron sacar. Se la llevaron entre los escombros.

Un compañero de trabajo de mi tía tuvo que ir al Parque del IMSS a buscar a su familia. Cuenta que el Parque estaba lleno de cadáveres, en las gradas, en todas partes. Miles de cuerpos en bolsas, esperando.

Mi tía abuela iba en su coche a dejar a su hija al Cultural. Iban tarde. Sobre el puente de Taxqueña y Tlalpan, ahí les tocó el primer sismo. Les tocó ver como un hotel se desplomaba sobre la escuela. Muchas niñas perdieron la vida.

Mi tío iba a su oficina circulando por viaducto, viendo cómo se desplomaban los edificios en la Colonia Roma.

Mi tía vivía en el 7o entrepiso de un edificio junto al Viaducto, del lado donde casi no pasó nada. Los vidríos se quebraban, no podían bajar, todo brincaba, cuenta que era impresionante. No supieron qué estaba pasando, hasta que lograron llegar a Coapa a casa de mi abuela y escucharon el radio. Mi tío se fue a su oficina en la Del Valle, para organizar una brigada de ayuda.

Una amiga de mi tía se unió a las labores de rescate en la Roma, buscando también a sus tíos. Encontraron a su tía y sus primas; su tío murió de un infarto. Pese al dolor, se quedaron a tratar de ayudar a más.


Ese día no hubo héroes anónimos: los héroes fueron nuestros padres, nuestros amigos, nuestros vecinos.


Otro tío iba a trabajar en metro al Centro. Cuando acabó el sismo, los dejaron bajar, y se ofrecieron camiones para llevarlos. Los camiones no pudieron pasar. La gente se bajó para ir caminando, desde General Anaya hacia el Centro. Nadie sabía qué estaba pasando, hasta que recorrían Tlalpan a la altura de Portales, se dieron cuenta de la magnitud de la tragedia. Él se puso a buscar un teléfono para asegurarse de que mi tía estaba bien. Luego, fue a tratar de ayudar, pero no los dejaban pasar.

Un conocido de mi madre se fue de voluntario. Estuvo trabajando en un edificio que recuerda particularmente. Encontraron a una familia. Habían muerto. El padre los abrazaba a todos. Fue triste y conmovedor.

La hermana de mi abuelo vivía en Coyoacán. Miraba por la ventana cómo el edifico frente ella se desmoronaba. No hubo sobrevivientes.

Mi papá tuvo un colega que pasó muchos días enterrado bajo un CONALEP. Cuando había temblores, se aferraba a una columna, gritando aterrorizado, como mucha gente que vivió el Terremoto.


¿De veras se necesita una tragedia para hacernos ser héroes de nosotros mismos?


Una amiga de mi madre iba en el metro. Dice que se movía como un gusano, no había de qué agarrarse. Cuando se detuvo finalmente, pudieron bajar y caminaron por las vías hasta que llegaron a una salida de emergencia.

Mi tía abuela era enfermera en el Centro Médico. Se quedó colgada de una escalera cuando todo se vino abajo. Cuando lograron bajarla, la enviaron a atender a los heridos que sacaban del metro. Ni tiempo para reponerse del shock. Dice que del metro salían heridos con víceras reventadas, huesos fracturados, todos en el jardín frente a los restos del Centro Médico.

Conocí a una mujer que contaba que ese día, acababa de mandar a sus hijas a la escuela, al Cultural. Mientras la tierra se movía, y contra todo sentido común, corrió a la azotea de su edificio, desde donde se veía la escuela. Dice que no se veía nada. Sentía el polvo en la nariz y no podía respirar. No podía ver qué había pasado con la escuela. Empolvada, angustiada y temerosa, salió de su edificio para correr hasta sus hijas. Afortunadamente, las encontró con vida.

Un amigo de mi madre estaba en el Hotel Regis. Salió a desayunar temprano, para ver, con horror, cómo se desplomaba el edificio.

El papá de una amiga ayudó a las labores de rescate en el Centro. Cuenta que había lugares que apestaban a muerte... Cuenta también que había lugares en donde sus pies chacualeban en sangre.

Recuerdo la historia de un profe: andaba por la Roma, se bajó de su coche y se puso a tratar de ayudar, como todo el mundo. Removiendo escombros, de pronto encontraron a un hombre. Al tratar de sacarlo de los escombros, les dijo: "no, esperen... mi hijo". Le ayudaron a sacar al niño. Mi profe lo recibió. Estaba muerto. Dice que eso cambió su vida. Ahora dirige una ONG que ayuda a niños de la calle.

Durante el segundo sismo, el único canal que se veía era el 3 de Puebla. Estabamos en Coapa. Vivíamos en el 2o piso de un duplex, pero no había manera de bajar, todo se movía. Los Scouts hicieron recorridos para recomendar que no prendieran velas, por las fugas de gas.

A pesar de la tragedia, fue un lindo día: la gente salió a las calles a tratar de ayudar a otros. Fue esperanzador.

domingo, 21 de agosto de 2011

¿Dónde están los buenos?

De un par de años a la fecha, los “malos” (narcos, sicarios, secuestradores y un largo etcétera), se han apoderado de las calles. Peor aún, se han apoderado de nuestra tranquilidad, nuestra seguridad y nuestra vida. Y digo nuestra pensando en un sector de la población que, en teoría, está más o menos bien educado, más o menos bien informado y más o menos con capacidad de decisión. En muchas ciudades, los “malos” son un factor a considerar al momento de tomar decisiones que no solían ser de vida o muerte: ¿Salir de fiesta a riesgo de no volver, o mejor quedarse en casa? ¿Cambiar de auto a riesgo de que lo roben, o mejor no hacerlo? ¿Quedarme a vivir en mi ciudad a riesgo de que me secuestren, o mejor emigrar a otra ciudad o, incluso, a otro país?

Desde antes de 2006 el incremento en los delitos como el secuestro, la extorsión y algunos otros del fuero común, se han ido incrementando en nuestro país. Nadie quiere escuchar cifras ante lo que es, a ojos vistas, la realidad que vivimos, a veces de forma acuciante, en muchas ciudades de México. Y muchas han sido las voces que se han alzado para denunciar, protestar e inconformarse. Y una de las frases que recurrentemente he escuchado es “somos más los buenos”. A veces me pregunto: ¿es en serio? ¿De qué bondad creen que están hablando?

Creo que hay gran confusión al respecto: la bondad en el ámbito privado se evidencia en muchas actitudes y comportamientos que atañen solamente a ese ámbito de la vida. Ser una buena persona implica, en nuestro contexto, ser un buen hijo, hermano, padre, amigo, compañero de trabajo. No provocar el sufrimiento –físico, psicológico– de los otros en nuestro entorno inmediato podría ser el criterio para determinar la bondad de una persona. Y seguro que México está lleno de estos buenos. Pero eso no es suficiente en el ámbito público.

Uno de los filósofos más mal entendidos en la historia es Maquiavelo. Se le adjudica la frase “el fin justifica los medios”, pero se le da una interpretación rayana en caricatura, pensando que su instrumentalidad implica todos los fines y todos los medios, en todos los ámbitos de la vida. Maquiavelo en realidad se refería a que cualquier fin político, es decir, cualquier fin público, justifica cualquier medio político. Y con lo político, Maquiavelo y toda la tradición republicana se refieren a virtudes públicas como la participación, la tolerancia, el diálogo y el respeto al orden legal. Un buen ciudadano, por tanto, ejerce estas virtudes en el ámbito público, siempre en pos del fin público último que es el bien común, sea como sea que se quiera definir este.
México, sin duda, está lleno de buenas personas, y probablemente sean más esos los “buenos” que los “malos” que están acabando de a poco con nuestro país. Pero lo que no hay es “buenos” de los otros, del tipo ciudadano que se informa, que analiza, que toma postura y participa.

¿Dónde están los buenos? No los veo: veo manifestaciones y protestas públicas vacías en comparación a la cantidad de habitantes que hay en las ciudades; veo quejas en las redes sociales y en las charlas de café, pero no la inquietud de comprender y analizar la postura contraria; veo gente que se indigna y horroriza en lo privado pero en lo público trata de pasar desapercibido.

La realidad es que los “malos” son más que los “buenos”. Pobre México, si no nos damos cuenta y lo arreglamos. Y pronto. Porque podrán cambiar las leyes, el presidente, todos los gobernadores, diputados y senadores, pero los mexicanos, esos más de 76 millones de empadronados en el IFE, ¿quién los va a cambiar?

viernes, 22 de abril de 2011

La paz como no-guerra

He seguido con atención los comunicados de Javier Sicilia, especialmente el último video en el que convoca a una marcha nacional el próximo 8 de mayo. Me reservaré, por lo pronto, mi opinión sobre la marcha como herramienta de protesta, y más bien quisiera traer la atención a un problema un poco menos coyuntural.

El discurso de Felipe Calderón, al inicio de su sexenio, se centró en declarar la guerra contra el narco. En pocos meses, se hizo evidente que lo que eso implicaba –si bien no lo significaba–, era un recrudecimiento de la violencia, un aumento sin precedente de todos los delitos en todo el país (sólo en Nuevo León, por ejemplo, el homicidio aumento un 298% entre 2009 y 2010), y una creciente percepción de que las cosas se le han salido de control al Gobierno Federal. Casos como el del hijo de Javier Sicilia y sus amigos (si bien no son los únicos ni los primeros, y tristemente, todos los días vemos que tampoco serán los últimos), pusieron en evidencia que lo más fundamental, la vida de todos los ciudadanos, estaba en la línea de fuego, y sin mencionar lamentables declaraciones como que esos ciudadanos caídos son “daño colateral”, la gran publicidad de casos como el de Javier y Jorge, los alumnos del Tecnológico de Monterrey que fueron asesinados el año pasado sin que aún se sepa exactamente qué fue lo que pasó, y el del mismo Juan Francisco Sicilia y sus amigos, han hecho que la sociedad civil se movilice en torno a un discurso de “no a la guerra”, “no más sangre”, “ya basta”, y otras consignas igualmente razonables y quizá necesarias.

Pese a lo razonable, ese discurso del “no a la guerra” inquieta porque el problema se ha trasladado a la superficie, como ocurre siempre que la opinión pública se apodera de un tema en una sociedad mal educada, mal leída y, desde luego, mal alimentada. El problema de fondo no es la guerra contra el narco y terminarla: el problema son las causas profundas del narco, causas que, por otra parte, la situación económica y social de millones de familias han agudizado. Sin duda, los más aguzados analistas y opinadores estarán de acuerdo en que el problema de fondo no es el narco, sino la pobreza, la falta de empleo, y las poquísimas oportunidades de educación y superación. Y sin duda, quienes están pagando los platos rotos son los jóvenes, toda una generación perdida: según estadísticas judiciales más del 50% de delitos federales y del fuero común son cometidos por jóvenes de 14 a 29 años. Y si “Presunto Culpable” nos dice algo, es que muchos de los jóvenes que efectivamente acaban en las cárceles, ni son culpables ni tuvieron acceso a una justicia de verdad. Parece que la consigna es acabar con los jóvenes de esta generación, bien llenando con ellos las cárceles, o de plano orillándolos a las filas de los grupos delictivos.

Más aún: el problema en la superficie del discurso es que se cree que la paz es la ausencia de guerra. Justamente el discurso de la sociedad civil se ha vertido sobre la idea de que no queda claro qué es ganar la guerra contra el narco, y el reclamo, sin duda justo, justificado, moral y necesario, es que deberíamos tener derecho a vivir, y sobre todo, a ejercer nuestros derechos en paz. Lugares comunes se han vuelto la necesidad de mayor presencia del ejército, o sacarlo de la calle del todo (dependiendo de qué tan corrupta se percibe la policía local); mayores penas para los delitos como el secuestro y el homicidio (como si automáticamente esto constituyera un desincentivo para ellos); legalización de las drogas (como si el asunto del narco estuviera ligado sólo a drogas, y no también al a tráfico de armas, de personas, pornografía infantil, lavado de dinero, piratería, y otras más). Todas estas ideas, junto al reclamo de “no más sangre”, ni siquiera en el entendido de que estas y otras medidas fueran efectivamente tomadas, garantizan la paz. Porque la paz no es ausencia de guerra.

Haciendo un ejercicio de imaginación, ¿qué cambiaría si de pronto acabara la guerra contra el narco? Nada. Porque la paz no es no-guerra, sino no-violencia. El caso de Colombia y la aguda mirada de Leonel Narváez nos han enseñado que las pequeñas violencias, derivadas de una cultura en donde perviven el autoritarismo y el individualismo, se ven exacerbadas por un contexto social en el que la desigualdad deviene en rencor y éste asimismo genera violencia. Aún con el fin de la guerra contra el narco –lo que sea que eso signifique, tanto para el Gobierno Federal como para la sociedad civil-, la violencia cotidiana seguiría siendo la norma, en tanto y en cuanto no se invierta en una educación que privilegie el respeto al otro, el perdón como herramienta política y la reconciliación como visión de Estado.

Sin duda, lo más preocupante es que capitalizar el discurso de la no-guerra será labor del PRI para las próximas elecciones, pues aunque mucho se desdiga, Sócrates Rizzo no nos dejará mentir: el balance de poder entre el narco y la clase política fue mantenido por el PRI durante décadas. Aunque curiosamente, los estados más violentos, salvo Michoacán, son gobernados por el PRI (y eso debería provocar más de una pregunta). Y mientras en la superficie se mantenga esa falacia, de la paz como no-guerra, será imposible superar el escenario de violencia que por encima de todas las cosas, vulnera el Estado de Derecho y por ende, los derechos fundamentales de todos los mexicanos. Temas como corrupción, representatividad en las legislaturas, y rendición de cuentas pasarán de largo junto con asuntos como la educación, la salud, y el desarrollo técnico científico, que urgen tanto en el país.

El llamado de Sicilia, el “estamos hasta la madre” y el hecho de tomar las calles y protestar son de suyo actos violentos. No me queda claro todavía si son necesarios, pero no dejan de parecerme insuficientes. Ignoro si apostar a la movilización constante de la sociedad civil, que parece ser la apuesta de Sicilia, sea el camino hacia el tan anhelado cambio. Y desde luego, no sé qué es lo que hay que hacer, pero sin duda, nadie lo sabe, y esa debería ser una oportunidad para ponernos creativos al respecto.

martes, 22 de marzo de 2011

A un año: Jorge y Javier

"La única forma de demostrar un principio ético, es en la práctica". Hannah Arendt




Un año después del asesinato de Jorge y Javier, me senté sobre el césped, frente al portón del Tecnológico de Monterrey que todavía permanece cerrado, como si el acto simbólico de no volver a usar la puerta por donde entró la muerte, fuera suficiente para dejarla fuera. En la reja blanca, había un pequeño cartel: “No se olvida”; las llamas de tres veladoras tristes danzaban con el viento hasta que se apagaron; una única rosa blanca estaba pudriéndose en el suelo; y dos muchachos permanecían de pie. Ella lloraba, discretamente, mientras él le pasaba el brazo sobre los hombros. Permanecieron así un momento, dieron la vuelta y se marcharon.

Me quedé ahí sentada un rato. Luego acudí a la cita de la Rodada por la vida, a la que convocamos desde Contingente Monterrey, Pueblo Bicicletero, Biciérnagas y La Bola, cuatro colectivos que impulsan una agenda de recuperación ciudadana de los espacios públicos. La idea era pedalear desde Campus Monterrey hasta Palacio de Gobierno, en memoria de Jorge y Javier. Así lo hizo un grupo de unas cincuenta personas, que en bicicletas, patinetas y patines se desplazó escoltado por un par de patrullas y agentes de tránsito en motocicleta. Una vez frente a Palacio de Gobierno, gritamos consignas, leímos un desplegado, tuvimos un percance con empleados gubernamentales (mismo que no reseñaré ahora mismo, pero que en realidad era de esperarse y no pasó a mayores), y luego nos fuimos.

Yo volví a mi casa, cansada, adolorida y con sentimientos encontrados. Los actos en memoria de mis compañeros asesinados frente al Tecnológico, como tantas otras demostraciones cívicas de la sociedad civil, no dejan de tener ese doble cariz de tristeza y desesperanza, aunque son esperanzadores. Sobre todo porque en una ciudad de poco más de cuatro millones de habitantes, estos actos de conmemoración (la Ceremonia por la Paz dentro del Tecnológico y una protesta espontánea el viernes; la Rodada por la vida el sábado) no superaron las 100 personas. A mí, en lo personal, me hace pensar que ese “No se olvida” no es más que una frase hecha, que en realidad no significa nada. Me hace pensar que en esta democracia sin demócratas será imposible ganar la guerra porque pocos son quienes están dispuestos a dar un paso al frente y hacerse voluntarios de una causa que no sea el interés propio y la gloria personal.

Jorge y Javier y Lucy y tantos otros inocentes han dado su vida por este país, si bien tan sólo para que a algunos de nosotros se nos mueva la consciencia. Lo que me entristece es que ellos son asesinados todos los días por la indiferencia, la falta de conciencia cívica y de compromiso ciudadano. Siguen apilándose muertos sobre una sociedad incapaz de darse cuenta de que el día es hoy, y lo que hay que hacer es participar y en cada uno de nosotros está el cómo. Cambiar este país, lo he dicho muchas veces, empieza por cambiar uno.

Pero también dije que estas demostraciones fueron esperanzadoras. Lo fueron porque aunque somos poquísimos, aunque todavía hace falta crear sinergias y articular acciones, aunque la sociedad civil y las organizaciones están aún lejos de constituirse en factores reales de poder, aunque a algunos activistas todavía les pesa el afán de protagonismo y se les agota la creatividad, la semilla de cambio arraiga cada vez más profundamente entre nosotros.

Tal vez aún falta mucho; tal vez falta demasiado. Cada vez es más la gente que levanta y alza la voz y expresa su inconformidad con nuestras instituciones injustas, nuestros gobiernos corruptos, nuestros políticos inconscientes. Pero lo que hace falta es que esa gente ponga sus palabras en acción, las lleve a la práctica y haga la diferencia en vez de estar hablando tanto de ella.

Hay que dejar de predicar el cambio y empezar a hacerlo.

A Jorge y Javier.

martes, 17 de agosto de 2010

¿Puede o no puede frustrarse la esperanza?

“Todo tiene su tiempo
y todo lo que se quiere
debajo del cielo tiene su hora:
tiempo de nacer y tiempo de morir…”
Eclesiastés 3:1

Jennifer yace en la camilla de una ambulancia, y suelta su último aliento. Lo que muere con ella primero es su cerebro, esa magnífica obra de la evolución que ha sido capaz de dejarla ser ella, de conocer y de vivir por espacio de 26 años. Las células de su cerebro son incapaces de producir y almacenar energía para mantenerse vivas y por eso se han ido con ella, menos de quince minutos después del cese de su respiración.

Jennifer ya no está ahí, y el resto de sus órganos ha entrado en un estado de alerta. Ignoran lo que ha pasado, pero cada una de sus células se enfrenta a una decisión de vida o muerte. Vivir para sí, para el órgano individual al cual pertenecen, o morir para todos, para el organismo que les ha dado cobijo durante toda su vida. De cara a esta difícil situación, siempre triunfa la esperanza: poco a poco las células de sus órganos blandos –riñones, hígado, bazo– deciden suicidarse. Deciden que es mejor no seguir consumiendo recursos –azúcar, energía y oxígeno–, que pueden ser necesarios para otros órganos, para mantener vivo a todo el organismo (Dvorkin, M A; D. P. Cardinali, 2003, págs. 804, 805). Es una esperanza fundada: reconocen que todavía existe la oportunidad de sobrevivir, hasta que esta esperanza se frustra con la muerte inminente de todo el organismo que les da cobijo.

El fenómeno de la apoptosis, es decir, el suicidio celular que acontece cuando un ser vivo perece, da parte de una realidad físico-químico-biológica, y sin embargo, es muestra de que la esperanza fundada es, por extensión, fundamental al ser humano complejo que vive, piensa, es y produce su vida diaria. La diferencia fundamental entre apoptosis y necrosis – la muerte celular – es que en la necrosis las células se destruyen, liberando todos sus contenidos y propiciando inflamación y propagación del daño, como sucede en una infección. Durante la apoptosis, la célula más bien se secciona en cápsulas que son procesadas por el sistema inmune, evitando propagar los daños a su ambiente: es un suicidio premeditado, ordenado y limpio (Dvorkin, M A; D. P. Cardinali, 2003, pág. 1094). En términos morinianos es parte de los principios de todo sistema complejo: admitir la interdependencia del sistema con su ambiente, pero también reconocer que el todo está en la parte que está en el todo, y todo el sistema comparte las características suficientes para explicarnos al todo y a las partes (Morin, 2006, pág. 87). El ser humano es las células que lo forman, y las células son como el ser humano al que dan vida. Así, con ellas compartimos la esperanza.

Ante todo, la esperanza debe ser entendida como posibilidad. En términos del filósofo Ernst Bloch, esto significa que no está anclada a los castillos en el aire, a esperar en términos de ensoñaciones irrealizables y auténticamente frustrables, sino a la sesuda consideración de las posibilidades concretas, de las tendencias identificables, de la posibilidad de que ocurra lo imposible dentro de lo posible (Bloch, 2007, pág. 170). Frente al wishful thinking, las falsas expectativas y el autoengaño, la esperanza fundada, motor físico-bio-antropológico de la vida humana, es ante todo creadora en el más puro sentido sartreano de proyectar el ser hacia el futuro (Sartre, 2007, págs. 139-143), pero también es frustrable, porque al abrirse hacia ese futuro, apunta a lo modificable, a lo no dado, a lo “todavía no”, a la falta de certeza, a la apuesta decisoria entre el ser y el puede ser que podría no concretarse. Y parece que la esperanza es además una decisión individual, autónoma y personal. Así se entiende, por ejemplo, la difícil valoración de esperanza que debe hacer un médico de emergencias antes de resucitar a un paciente: “para mucha gente, el último latido de su corazón debe ser el último latido de su corazón” (American Heart Association, 2000).

La esperanza es frustrable, de lo contrario no es esperanza (Bloch, 2007, pág. 167), sentencia el gran estudioso de la utopía en el pensamiento occidental. De nuevo parece un juego al que nuestro “yo”, encerrado en nuestros organismos biológicos y al mismo tiempo libre para pasearse entre el pasado y el futuro, se presta necesariamente, porque “no sólo donde hay peligro surge la salvación, si no también… donde hay un salvador allí crece también el peligro” (Bloch, 2007, pág. 172). La esperanza es recursiva: reconoce desde el hoy que el futuro puede ser distinto, y mira en el pasado las posibilidades hoy realizadas que lanza al porvenir. La esperanza fundada es además la herramienta bio-psicológica que nos ayuda a trascender; por eso el mundo es el laboratorio de la posible salvación (Bloch, 2007, pág. 172).

Jennifer[1] falleció el día de hoy, hace cuatro años. Su vida breve fue toda ella testimonio de esperanza: esperanza de ser mejor, de lograr el éxito, de cambiar a este país al que verdaderamente amaba, esperanza de ser mamá y esposa. Fue esperanza fundada, no sólo por el hecho de que se frustró aquel 17 de agosto en que perdió la vida, sino porque estaba anclada en las posibilidades de que esa mujer inteligente y capaz podría haber visto realizadas. Y como podemos vislumbrar, hasta en los momentos más definitivos, incluso nuestras propias células, artífices de nuestra vida, tienen esperanza.

[1] Jennifer García Herreros nació el 14 de febrero de 1980. Estudió la licenciatura en Relaciones Internacionales en el Tecnológico de Monterrey, Campus Ciudad de México, obteniendo el mejor promedio de la generación en la División de Humanidades y Ciencias Sociales. Junto con esta distinción, recibió una beca para realizar sus estudios de Doctorado en esa institución, así como la oportunidad de colaborar en el proyecto educativo del Tecnológico en Campus Ciudad de México y Campus Santa Fe. Falleció en un accidente automovilístico el 17 de Agosto de 2006. Le sobrevive su familia, sus maestros y amigos, y toda la generación 2004 de LRI, LMI y LPL.

Bibliografía
American Heart Association. (2000). International Guidelines 2000 for CPR and ECC. Circulation , 102:I-1-I-11.
Bloch, E. (2007). ¿Puede frustrase la esperanza? En C. Gómez, Doce textos fundamentales de la ética del siglo XX (pp. 165-173). Madrid: Alianza Editorial.
Dvorkin, M A; D. P. Cardinali. (2003). Best & Taylor. Bases Fisiológicas de la Práctica Médica. Buenos Aires: Editorial Médica Panamericana.
Morin, E. (2006). El Método 4. Las ideas. Madrid: Ediciones Cátedra.
Sartre, J.-P. (2007). El existencialismo es un humanismo. En C. Gómez, Doce textos fundamentales de la ética del siglo XX (pp. 134-162). Madrid: Alianza Editorial.