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lunes, 25 de septiembre de 2017

Ando con el corazón apachurrado

Ando por la calle con el corazón apachurrado: acá, a seis mil kilómetros de distancia, nadie sabe lo que es ver las ruinas del barrio donde naciste. Nadie acá entiende lo que es saber que esos lugares que amé y en los que fui feliz, están destruidos. Ya no son más.

Ando con el corazón apachurrado por la frustración y la impotencia de estar lejos, y al mismo tiempo con el alivio de saber que ese estar lejos significó salvación. Y se me revuelve la culpa con la tristeza, con el recuerdo de gente que hace tiempo no paseaba por mi memoria pero que ahora pienso deseando que esté salva.

Ando con el corazón apachurrado: ser migrante es triste cuando quieres estar en tu país y no estás. No es patrioterismo. Es que esos lugares que amas viven en ti, aunque estén devastados. Y esta es una terrible, lejana, soledad.

Seis días después del terremoto en México, Jujuy, Argentina.

martes, 3 de mayo de 2016

Hace veinte años

Hace veinte años tenía diecisiete años, el rostro hermoso, la piel lozana, las manos blancas, los ojos almendrados todavía sin arrugas y sin tantos llantos. Hace veinte años caminaba confiando en que algo bueno pasaría, no me importaba llevar el cabello largo y enredado, ni usaba tacones ni vestidos largos. Hace veinte años, la música a todo volumen era medicina, una charla amiga era una caricia y reír hasta llorar era parte de la rutina. Hace veinte años todavía creía que el amor era una fortuna, la amistad un milagro y la familia una carga. No sé si ya me está abandonando la juventud o si sólo se trata del tiempo que está pasando, pero ahora veo que la vida era más simple hace veinte años, y quizá saberlo es lo que hace que veinte años después, con la mirada de la madurez, la vida no se siga complicando tanto.

viernes, 16 de enero de 2015

Amar duele



Amar duele. Como cuando platicamos y hablamos y cantamos hasta que nos arde la garganta. O como esas veces que reímos sin motivo, y reímos tanto y tanto que nos lastima la barriga y nos duelen los cachetes. O esas veces que salimos a pasear y caminamos y corremos y jugamos hasta que los pies nos duelen. Amar duele. Sí que duele, duele cuando comemos galletas y nos duele la panza, pero qué ricas y cómo las disfrutamos. Duele cuando nos emocionamos tanto que aplaudimos tanto y tan fuerte, tantas veces, que las palmas nos arden. Duele cuando estamos tan contentas que el día no nos alcanza y nos duelen y nos pesan los párpados pero no queremos acostarnos. Duele cuando nos abrazamos estrujando. Amar duele, duele cuando por las noches nos dormimos apretándonos fuerte las manos. Sí que duele, hijita mía, duele. Amar duele, pero sólo así lo disfrutamos.

martes, 23 de diciembre de 2014

Navidad era mi abuelo


Navidad era un árbol enorme, lleno de luces y adornitos. A sus pies, el rodete de fieltro que hizo alguna vez mi mamá y que quién sabe dónde quedó. Y muchos regalitos. Navidad era el olor al ponche de la Abuela, y que me dejara masticar las cañitas y dejar los tejocotes. Era el pastel de tres leches de mi mamá; era mi tío, su guitarra, mis tías y mi mamá cantando, mis primos y muchas luces de bengala, mis hermanos traveseando. Mi papá poniendo regalitos bajo el árbol y abriendo cacahuates. Pero sobre todo Navidad era mi abuelo, su risa llenando toda la casa, sus ojos llorosos por picar la cebolla de ese bacalao que nunca me gustó y que perfumaba toda la cuadra, sus manos abrazando un whiskey y sus labios besando un Raleigh. Navidad era mi abuelo y su voz y sus manos. Ya nunca será Navidad.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Mi pequeña


Mi pequeña, que ayer apenas me miraba desde su quietud, que sólo sonreía y parecía decirlo todo con la mirada de sus enormes y bellos ojos, que andaba pegada a mi cuerpo y sin mí no salía, puso sus dos piececitos sobre el suelo, se aferró con su manita a mi mano, y riendo a carcajadas y gritando de emoción, dio sus primeros pasos, en el parque de esa plaza en donde ha crecido tanto, entre esos árboles que ya conocen nuestros juegos y nuestros cantos, donde está ese columpio blanco en donde siempre nos mecemos largos ratos. Mi pequeña sigue siendo pequeña, sigue necesitando mi mano, mis mimos y mis cantos, pero ya sabe que bajo sus pies chiquitos se va haciendo su camino, ya se dio cuenta de que tiene su propia risa y su propia voz, y ahora sabe cómo y de qué se trata vivir feliz.

jueves, 7 de agosto de 2014

Me equivoqué


—Ya no te amo.

Me hubiesen sobresaltado esas palabras de tu boca, en la oscura habitación, esa noche de lluvia y ventarrón, si no las hubiera sentido también en mi corazón. Me di la vuelta en la cama y me dormí. Al día siguiente ya no estabas cuando desperté, supuse que te fuiste para no volver; habías dejado la alianza en el cajón, asumí que ya no querías ser ni estar conmigo nunca más. Hice mi maleta, pero tuve buen cuidado de no guardar nada que me hiciera recordar, hasta dejé al anillo junto al tuyo en el cajón, conociéndote estarán juntos más tiempo que tú y yo. Me fui a la estación a esperar el autobús, esperaba escuchar detrás de mí un “no te vayas” que no llegó, así que abordé, me fui, escapé. Y mientras me alejaba pensaba que tal vez lo dijiste dormido y yo me equivoqué.


viernes, 25 de julio de 2014

Cumpleaños


Cuando volví a verlo, no había envejecido, y yo ya era una anciana respetable: habían pasado cincuenta años desde nuestro último encuentro. Él estaba idéntico a sí mismo: perdido entre los 30 y los 40, las mismas ojeras, el pelo entrecano apenas, un par de arrugas alrededor de los ojos. Sólo la mirada lo delataba. Había visto morir a sus padres, a sus hijos, a los hijos de sus hijos, y como el tiempo siguió desdeñándole, se fue. Se negaba a celebrar sus cumpleaños, y ahí nomás, un buen día, la negativa a dar testimonio del paso del tiempo, hizo que el tiempo en él se detuviera para siempre. Parece un castigo demasiado severo, pero también dicen que bien merecido. Yo lo vi, y vi en su mirada centenaria, aún de niño, que había vuelto a soplar la velita, a dejar que pasara el tiempo, y, al fin, a morir.

Para Rubén, en su cumpleaños.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Mis tenis


Todos tenemos algo así en el ropero: el vestido del día en que nos conocimos, la chamarra que llevé a aquel concierto, el viejo pañuelo del abuelo. En mi caso, es un par de tenis viejos. Cuando camino, rechinan y se quejan. Han perdido el color y un poco las suelas. Les tengo cariño porque calzan como un guante, pero también porque abrazaron mis pies en largas caminatas. Estuvieron conmigo por varios años, y es más: por varias ciudades. Fuimos juntos a pasear por México, Monterrey y Buenos Aires. Conocen Jujuy, sus caminos y sus calles. También estuvimos por la Quebrada de Humahuaca, vieron Bolivia, Chile y Lima de pasada. Pero lo más importante es que a la altura de esos tenis, luego de andar siete mil kilómetros y tres aeropuertos, una vez llegando a Salta, caminé rápido hasta donde estabas y te di por primera vez un primer beso.

viernes, 9 de mayo de 2014

Hoy me vi


Hoy me vi en el espejo, ¿dónde va a ser? Hace mucho que no pasaba, ¿quién tiene tiempo para eso? Me vi la piel pálida, los ojos sumidos, profundas ojeras y arrugas someras. Me vi cansancio, me vi cansada, me vi más vieja de lo que recordaba. Hoy me vi los rizos cayendo desordenados, sin máscara de pestañas y sin color en los labios. Me vi muchas batallas perdidas, sueños abandonados, insomnios caminados y silencios bien guardados. Luego miré mis manos: han perdido lozanía, están manchadas, arrugadas, casi diría marchitas. Hoy me vi, y debajo de todos mis quizá pocos años, de aquellas arrugas y manos viejas, todavía hay una niña que desea brincotear en los charcos. Todavía queda una chispa en la mirada que dice sigue: no todas las batallas serán ganadas, pero al menos podemos soñar que sentadas en un columpio, la vida es sólo subir y bajar.

lunes, 5 de mayo de 2014

Hoy te vi


Hoy pasé otra vez por la plaza de tu pueblo, y por esa banca entre los naranjos en la que te sentabas a hacer la tarea y a soñar, y, tal vez por el calor, tal vez por el cansancio, me pareció verte ahí sentado con un libro entre las manos. ¿A quién estarías esperando? Parecía que llevabas ahí mucho tiempo, tal vez años. ¿Estarías esperándome? No creo, pues a tu vida llegué algo tarde. Te veías como ese muchacho de cabello alborotado y ojos grandes y brillantes que a veces todavía se asoma, ingenuo, cuando compartimos una risa y un cigarrillo. Ese que está ahí debajo de tanto cansancio y tanto tedio. Quise saludar, pero no habría soportado que no me reconocieras: he perdido mi cara de muchacha. Quise parar, pero pasé de largo, porque te veías como un recuerdo, pero uno que no era, que nunca será, mío.

martes, 15 de abril de 2014

No puedes contar una historia de amor

Bleeding Heart by RandomyPurple

No puedes contar una historia de amor sin ensuciarte los dedos, sin ver correr sangre y sin derramar el aliento en cada palabra. Porque en toda historia de amor que se cuenta, la tinta se resiste a quedarse en el papel, y escurre como la tarde del primer beso que hoy es y mañana ya se ha olvidado. Porque en toda historia de amor hay al menos dos heridos de muerte que no vuelven jamás a ser los mismos, y que dejan un sangriento caudal lleno de lágrimas sin suerte. Porque, finalmente, no puedes contar una historia de amor sólo con haberla visto, sin haberla vivido un día, aunque sea de lejos. Y contarla, siempre, siempre, siempre, te roba el aliento, te deja hundido en los suspiros, te llena de deseo o de añoranza y, con el tiempo, te acaba. No puedes contar una historia de amor sin morir poquito.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Hoy vi

Hoy vi algo que nunca había visto, algo que tal vez no vio nadie, o tal vez lo vimos pero ya nadie sabe de qué se trata. Caminaba apurada por una transitada acera, en el centro de una ciudad que podría ser cualquiera. Sentada en el umbral de una vieja casa de puertas enormes y ventanas cerradas, una mujer sostenía entre sus manos una carta. Sobre el papel blanco había garabatos entintados en azul que bailaban con la mirada que por ellos se paseaba. Yo me quedé pasmada. Hace tanto que nadie escribe cartas, que no recuerdo cómo se siente al tacto el papel y al corazón las palabras. La mujer siguió leyendo y dio la vuelta al papel para llegar al final de la carta. Contuvo el aliento un momento y ahí se le escaparon dos lágrimas. Yo quise llorar con ella, pero a mí nadie me manda cartas.

Reading a letter on the beach, oil painting, figures painting, by Dominique Amendola

viernes, 14 de febrero de 2014

Breve y bajito

Dormí poco y mal. Ya es costumbre, la verdad. Me hubiese gustado pensar algo más elocuente, escribir algo como: qué grande es el amor que nos tenemos, que alcanza para cubrir el espacio que nos separa y el tiempo en que no estás aquí conmigo. Pero no. Este café soluble que es y no es tampoco ayuda. Pienso en tus manos, en tu piel, en la emoción de saberme tuya. Pero se me escapan las palabras y no sé cómo decirlo. Tengo frío, tengo calor, tengo sueño, tengo hambre. Pero no te tengo. O sí, pero lejos, que es lo mismo que no tenerte. Y te extraño, parece que desde siempre. Y me acuerdo que te extrañé toda la vida y qué bonito es ahora amarte y tenerte. Pero ya no sé cómo decirlo bonito. Ya no sé hacer versos ni poemas. Sólo recuerdo decirlo breve y bajito: te amo.

miércoles, 8 de enero de 2014

Sobre el río

Puente sobre el río Chippewa, Eau Claire, WI, EEUU.
Debe haber sido enero, pero tal vez era marzo, porque hace años el clima ya no dice en qué momento estoy del año. Hacía frío, muchos grados bajo cero, vaya usted a saber cuántos, porque luego de menos cuatro el termómetro dice una cosa y uno siente igual de helado. Yo volvía por el puente al campus: debía cruzar el río Chippewa para volver a mi cuarto. Ya estaba oscuro y, como dije, helado, aunque un par de jarras de cerveza engañaban al tacto. Quizá no sólo al tacto: allá, a lo lejos, al final del puente, bajo la tenue luz de un faro, vi a una chica que saltó al río helado. No sé si corrí tras ella o si dejé que me convencieran el frío y la cerveza, pero recuerdo verla, y luego no recuerdo nada. Quizá nadie se dio cuenta. Quizá si lo olvidé, no está muerta.

martes, 5 de noviembre de 2013

Un recuerdo

Fue hace dos años, pero pudo haber sido hace dos semanas o dos días, quizá porque no fue tan extraordinario. Recorríamos un camino de tierra de colores, mirando cerros pintados de azules, amarillos y rojos, un vivo paisaje bajo un cielo azul y un sol que caía a plomo. Tú viste, entre las piedras y el polvo, un muñequito: un oso. “Para la Conejita”, dijiste, o dije yo, ya no recuerdo, quizá no sea importante. Lo guardé. Nos tomaron esa fotografía unos extraños, amigos por dos segundos y un click de cámara con que captaron nuestra alegría. Yo puse el osito junto a la fotografía. Siguen ahí, juntos. Y la Conejita al fin llegó y ese muñequito, esa primer sospecha de su existencia, la espera para cuando pueda tomarlo con sus manitas y, quizá en ese mismo paisaje, en esa misma tierra, escuche esta historia de amor y fe ciega.

jueves, 31 de octubre de 2013

El amor arruina


El amor no termina. Si terminara, sería como un río que brota en alguna parte y luego se pierde en el mar, sólo que un día dejó de brotar, cesó su cauce, agotó su viaje al fondo del océano. El amor no es así, no empieza un día y termina el otro, si así lo crees no entiendes nada. El amor se arruina. Se echa a perder, como las manzanas del frutero una tarde calurosa de primavera. Sí, el amor se arruina. Por eso te deja en ruinas, como si fueses un pueblo devastado, con casas derruidas y calles desoladas y polvorientas. El amor se arruina y te arruinas tú con él. Quedas como un cenicero lleno de colillas, afeando cualquier rincón, cualquier paisaje. Pero si se arruina, y no te arruinas tú con él, si no te destruye, si no te vuelve escombros y cenizas, entonces no era amor.

martes, 15 de octubre de 2013

Donde las palabras temen ser

Solía decir todo lo que pensaba, y sentía todo lo que decía, hasta que, qué ironía, la palabra dicha fue dejando heridas repartidas. Heridas en mis manos, que ya no podían asirse a los sueños que una vez las animaron. Heridas en mis pies, que ya no podían andar las sendas inexploradas del deseo. Heridas en mi cabeza, que ya no era capaz de imaginar otros mundos y otras imposibilidades. Heridas en mi corazón, que ya no amaba. Entonces mis manos agarraron lo cotidiano, mis pies caminaron por andar aunque sin rumbo, dejé de imaginar y ya no sentía nada. Entonces ya nunca más dije lo que pensaba, sospecho ahora que en realidad nadie lo dice nunca. Ahora floto sobre la inercia de la vida en un silencioso y dolorido “quizás”. Ahora todo lo que siento se pierde en el abismo de lo no dicho, donde las palabras temen ser.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Pienso en ti

Pienso en ti y pienso en tu rostro, tus ojos y tus labios, en tu voz cantando desafinado, en tu abrazo firme y tu olor en mis labios. Yo pienso en ti, y pienso si tienes frío, si tu almuerzo estuvo rico, si te cambiaste los calcetines, si te quedaste sin cigarrillos. Pienso en ti y pienso si leíste el diario y renegaste, si todavía te detienes a mirar los charcos congelados, si como yo miras al cielo nublado y piensas pinche frío. Yo pienso en ti y pienso en tus manos volando sobre el teclado, en tus ojos leyendo una página en blanco, en tu ceño fruncido cuando estás muy concentrado. Yo pienso en ti pero no sé qué pienso, ni si es que te pienso de veras o sólo te estoy imaginando. Pienso en ti y no sé –¡ay, ya no sé! – si tú también me estás pensando.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Diez semanas

Amelia, 10 semanas de vida.

Tal vez nadie te hablará de este tiempo, de la mezcla dulceamarga de dolor y de alegría que trajo tu llegada, de tus enormes ojos mirando todo interesada, de tus manitas frías y el calor de tu cuerpecito claro. Nadie podrá contarte del sonido de tu llanto fuerte, alerta, lleno de vida y de esperanza, de tus primeras sonrisas y la felicidad que crearon, de tu dulce mirada y tu suave tacto. Nadie te dirá de qué manera fuiste amada en cada caricia, en cada arrullo, en cada intento de consolar tu llanto. Quizá nadie te hablará de cómo en tus ojos me vi nueva. Sólo yo te lo diré en cada abrazo, en cada beso, cada vez que tomes mi mano, cuando riamos juntas y des tus primeros pasos, cuando cuide tu fiebre y consuele tu llanto. Sólo yo que soy tu madre y te amo tanto.

lunes, 13 de mayo de 2013

Sentada en la oscuridad


Me duele la espalda y no encuentro cómo amoldar mi cuerpo a la forma de la silla, pero no dejo que la incomodidad me distraiga. Pienso que sé que estoy pensándote, y así se va cualquier otra idea o sensación. Te pienso así, pequeña y anidando en mi vientre. Siento que te mueves: tampoco pareces encontrar una posición cómoda. Pienso en lo que falta para que estés aquí: por un momento me asusto. No te imaginé, pero te soñaba; te deseé tanto que no creí que llegarías. Tampoco pensé que sería ahora ni así, pero supongo que desde ya haces lo que tienes que hacer y no lo que yo quiero. Pienso que no tuve que enseñarte nada para que crecieras así: tú solita lo sabías. Te mueves como asintiendo y sé que, tristemente, vas, vamos a olvidarlo demasiado pronto y yo trataré de enseñarte esas cosas que no sé.