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miércoles, 19 de septiembre de 2012

Terremoto 1985


Recordamos el Terremoto de 1985 en Ciudad de México, no para revivir la tragedia, sino para darnos cuenta de que podemos vernos a los ojos y reconocernos como uno.

Le he preguntado a mucha gente qué es lo que vió, qué es lo que vivió. Lo viven otra vez conmigo. Lo más significativo que me cuentan es el silencio. Y luego los edificios cayendo, los vidrios rotos, los gritos y llantos.

Un tío fue brigadista en el Centro. Dice que aquello apestaba a muerto y a tristeza. Cuenta que a mucha gente no la pudieron sacar. Se la llevaron entre los escombros.

Un compañero de trabajo de mi tía tuvo que ir al Parque del IMSS a buscar a su familia. Cuenta que el Parque estaba lleno de cadáveres, en las gradas, en todas partes. Miles de cuerpos en bolsas, esperando.

Mi tía abuela iba en su coche a dejar a su hija al Cultural. Iban tarde. Sobre el puente de Taxqueña y Tlalpan, ahí les tocó el primer sismo. Les tocó ver como un hotel se desplomaba sobre la escuela. Muchas niñas perdieron la vida.

Mi tío iba a su oficina circulando por viaducto, viendo cómo se desplomaban los edificios en la Colonia Roma.

Mi tía vivía en el 7o entrepiso de un edificio junto al Viaducto, del lado donde casi no pasó nada. Los vidríos se quebraban, no podían bajar, todo brincaba, cuenta que era impresionante. No supieron qué estaba pasando, hasta que lograron llegar a Coapa a casa de mi abuela y escucharon el radio. Mi tío se fue a su oficina en la Del Valle, para organizar una brigada de ayuda.

Una amiga de mi tía se unió a las labores de rescate en la Roma, buscando también a sus tíos. Encontraron a su tía y sus primas; su tío murió de un infarto. Pese al dolor, se quedaron a tratar de ayudar a más.


Ese día no hubo héroes anónimos: los héroes fueron nuestros padres, nuestros amigos, nuestros vecinos.


Otro tío iba a trabajar en metro al Centro. Cuando acabó el sismo, los dejaron bajar, y se ofrecieron camiones para llevarlos. Los camiones no pudieron pasar. La gente se bajó para ir caminando, desde General Anaya hacia el Centro. Nadie sabía qué estaba pasando, hasta que recorrían Tlalpan a la altura de Portales, se dieron cuenta de la magnitud de la tragedia. Él se puso a buscar un teléfono para asegurarse de que mi tía estaba bien. Luego, fue a tratar de ayudar, pero no los dejaban pasar.

Un conocido de mi madre se fue de voluntario. Estuvo trabajando en un edificio que recuerda particularmente. Encontraron a una familia. Habían muerto. El padre los abrazaba a todos. Fue triste y conmovedor.

La hermana de mi abuelo vivía en Coyoacán. Miraba por la ventana cómo el edifico frente ella se desmoronaba. No hubo sobrevivientes.

Mi papá tuvo un colega que pasó muchos días enterrado bajo un CONALEP. Cuando había temblores, se aferraba a una columna, gritando aterrorizado, como mucha gente que vivió el Terremoto.


¿De veras se necesita una tragedia para hacernos ser héroes de nosotros mismos?


Una amiga de mi madre iba en el metro. Dice que se movía como un gusano, no había de qué agarrarse. Cuando se detuvo finalmente, pudieron bajar y caminaron por las vías hasta que llegaron a una salida de emergencia.

Mi tía abuela era enfermera en el Centro Médico. Se quedó colgada de una escalera cuando todo se vino abajo. Cuando lograron bajarla, la enviaron a atender a los heridos que sacaban del metro. Ni tiempo para reponerse del shock. Dice que del metro salían heridos con víceras reventadas, huesos fracturados, todos en el jardín frente a los restos del Centro Médico.

Conocí a una mujer que contaba que ese día, acababa de mandar a sus hijas a la escuela, al Cultural. Mientras la tierra se movía, y contra todo sentido común, corrió a la azotea de su edificio, desde donde se veía la escuela. Dice que no se veía nada. Sentía el polvo en la nariz y no podía respirar. No podía ver qué había pasado con la escuela. Empolvada, angustiada y temerosa, salió de su edificio para correr hasta sus hijas. Afortunadamente, las encontró con vida.

Un amigo de mi madre estaba en el Hotel Regis. Salió a desayunar temprano, para ver, con horror, cómo se desplomaba el edificio.

El papá de una amiga ayudó a las labores de rescate en el Centro. Cuenta que había lugares que apestaban a muerte... Cuenta también que había lugares en donde sus pies chacualeban en sangre.

Recuerdo la historia de un profe: andaba por la Roma, se bajó de su coche y se puso a tratar de ayudar, como todo el mundo. Removiendo escombros, de pronto encontraron a un hombre. Al tratar de sacarlo de los escombros, les dijo: "no, esperen... mi hijo". Le ayudaron a sacar al niño. Mi profe lo recibió. Estaba muerto. Dice que eso cambió su vida. Ahora dirige una ONG que ayuda a niños de la calle.

Durante el segundo sismo, el único canal que se veía era el 3 de Puebla. Estabamos en Coapa. Vivíamos en el 2o piso de un duplex, pero no había manera de bajar, todo se movía. Los Scouts hicieron recorridos para recomendar que no prendieran velas, por las fugas de gas.

A pesar de la tragedia, fue un lindo día: la gente salió a las calles a tratar de ayudar a otros. Fue esperanzador.

domingo, 11 de septiembre de 2011

El once ese



¿Te acuerdas que miramos las pantallas como viendo en el espejo?

Era como en un enorme y perverso juego de ajedrez: las piezas comenzaron a moverse temprano esa mañana. Ocurría lo imposible; hacíamos historia mientras la mirábamos hacerse. Nos envolvía una especie de pánico incrédulo, todo era confusión, ira, llanto, dolor. No había mucho que entender, sólo mirar.

Jaque mate, antes del mediodía. El enemigo que no se podía ver, no se podía tocar, ni se sabía de dónde había salido. Jaque mate. Una bofetada brutal y tajante. Y todos éramos víctimas y testigos, y por un momento éramos uno con los neoyorkinos.

Jaque mate, pero, ¿luego qué? La inquietud de todas las voces, las preguntas en el aire. ¿Quién? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Quién está a salvo en este mundo de locos? ¿Qué se puede esperar en este mundo loco? ¿Quién jugaba al ajedrez?

Dentro de un juego retorcido cuyo objetivo se podía vislumbrar, pero que nadie veía claramente, estaba Manhattan bajo el polvo, y entre el polvo el rostro de una niñita oriental, batido de sangre. Gente saltando desde los pisos más altos de las Torres Gemelas. Vuelos comerciales secuestrados y sus pasajeros asesinados a sangre fría. Vidas humanas perdidas.

Ese día, miramos las pantallas y cruzamos el espejo. El futuro, aterrador, estaba ahí. Ahí en el once ese, ese que se recordará por siempre.

domingo, 21 de agosto de 2011

¿Dónde están los buenos?

De un par de años a la fecha, los “malos” (narcos, sicarios, secuestradores y un largo etcétera), se han apoderado de las calles. Peor aún, se han apoderado de nuestra tranquilidad, nuestra seguridad y nuestra vida. Y digo nuestra pensando en un sector de la población que, en teoría, está más o menos bien educado, más o menos bien informado y más o menos con capacidad de decisión. En muchas ciudades, los “malos” son un factor a considerar al momento de tomar decisiones que no solían ser de vida o muerte: ¿Salir de fiesta a riesgo de no volver, o mejor quedarse en casa? ¿Cambiar de auto a riesgo de que lo roben, o mejor no hacerlo? ¿Quedarme a vivir en mi ciudad a riesgo de que me secuestren, o mejor emigrar a otra ciudad o, incluso, a otro país?

Desde antes de 2006 el incremento en los delitos como el secuestro, la extorsión y algunos otros del fuero común, se han ido incrementando en nuestro país. Nadie quiere escuchar cifras ante lo que es, a ojos vistas, la realidad que vivimos, a veces de forma acuciante, en muchas ciudades de México. Y muchas han sido las voces que se han alzado para denunciar, protestar e inconformarse. Y una de las frases que recurrentemente he escuchado es “somos más los buenos”. A veces me pregunto: ¿es en serio? ¿De qué bondad creen que están hablando?

Creo que hay gran confusión al respecto: la bondad en el ámbito privado se evidencia en muchas actitudes y comportamientos que atañen solamente a ese ámbito de la vida. Ser una buena persona implica, en nuestro contexto, ser un buen hijo, hermano, padre, amigo, compañero de trabajo. No provocar el sufrimiento –físico, psicológico– de los otros en nuestro entorno inmediato podría ser el criterio para determinar la bondad de una persona. Y seguro que México está lleno de estos buenos. Pero eso no es suficiente en el ámbito público.

Uno de los filósofos más mal entendidos en la historia es Maquiavelo. Se le adjudica la frase “el fin justifica los medios”, pero se le da una interpretación rayana en caricatura, pensando que su instrumentalidad implica todos los fines y todos los medios, en todos los ámbitos de la vida. Maquiavelo en realidad se refería a que cualquier fin político, es decir, cualquier fin público, justifica cualquier medio político. Y con lo político, Maquiavelo y toda la tradición republicana se refieren a virtudes públicas como la participación, la tolerancia, el diálogo y el respeto al orden legal. Un buen ciudadano, por tanto, ejerce estas virtudes en el ámbito público, siempre en pos del fin público último que es el bien común, sea como sea que se quiera definir este.
México, sin duda, está lleno de buenas personas, y probablemente sean más esos los “buenos” que los “malos” que están acabando de a poco con nuestro país. Pero lo que no hay es “buenos” de los otros, del tipo ciudadano que se informa, que analiza, que toma postura y participa.

¿Dónde están los buenos? No los veo: veo manifestaciones y protestas públicas vacías en comparación a la cantidad de habitantes que hay en las ciudades; veo quejas en las redes sociales y en las charlas de café, pero no la inquietud de comprender y analizar la postura contraria; veo gente que se indigna y horroriza en lo privado pero en lo público trata de pasar desapercibido.

La realidad es que los “malos” son más que los “buenos”. Pobre México, si no nos damos cuenta y lo arreglamos. Y pronto. Porque podrán cambiar las leyes, el presidente, todos los gobernadores, diputados y senadores, pero los mexicanos, esos más de 76 millones de empadronados en el IFE, ¿quién los va a cambiar?

viernes, 22 de abril de 2011

La paz como no-guerra

He seguido con atención los comunicados de Javier Sicilia, especialmente el último video en el que convoca a una marcha nacional el próximo 8 de mayo. Me reservaré, por lo pronto, mi opinión sobre la marcha como herramienta de protesta, y más bien quisiera traer la atención a un problema un poco menos coyuntural.

El discurso de Felipe Calderón, al inicio de su sexenio, se centró en declarar la guerra contra el narco. En pocos meses, se hizo evidente que lo que eso implicaba –si bien no lo significaba–, era un recrudecimiento de la violencia, un aumento sin precedente de todos los delitos en todo el país (sólo en Nuevo León, por ejemplo, el homicidio aumento un 298% entre 2009 y 2010), y una creciente percepción de que las cosas se le han salido de control al Gobierno Federal. Casos como el del hijo de Javier Sicilia y sus amigos (si bien no son los únicos ni los primeros, y tristemente, todos los días vemos que tampoco serán los últimos), pusieron en evidencia que lo más fundamental, la vida de todos los ciudadanos, estaba en la línea de fuego, y sin mencionar lamentables declaraciones como que esos ciudadanos caídos son “daño colateral”, la gran publicidad de casos como el de Javier y Jorge, los alumnos del Tecnológico de Monterrey que fueron asesinados el año pasado sin que aún se sepa exactamente qué fue lo que pasó, y el del mismo Juan Francisco Sicilia y sus amigos, han hecho que la sociedad civil se movilice en torno a un discurso de “no a la guerra”, “no más sangre”, “ya basta”, y otras consignas igualmente razonables y quizá necesarias.

Pese a lo razonable, ese discurso del “no a la guerra” inquieta porque el problema se ha trasladado a la superficie, como ocurre siempre que la opinión pública se apodera de un tema en una sociedad mal educada, mal leída y, desde luego, mal alimentada. El problema de fondo no es la guerra contra el narco y terminarla: el problema son las causas profundas del narco, causas que, por otra parte, la situación económica y social de millones de familias han agudizado. Sin duda, los más aguzados analistas y opinadores estarán de acuerdo en que el problema de fondo no es el narco, sino la pobreza, la falta de empleo, y las poquísimas oportunidades de educación y superación. Y sin duda, quienes están pagando los platos rotos son los jóvenes, toda una generación perdida: según estadísticas judiciales más del 50% de delitos federales y del fuero común son cometidos por jóvenes de 14 a 29 años. Y si “Presunto Culpable” nos dice algo, es que muchos de los jóvenes que efectivamente acaban en las cárceles, ni son culpables ni tuvieron acceso a una justicia de verdad. Parece que la consigna es acabar con los jóvenes de esta generación, bien llenando con ellos las cárceles, o de plano orillándolos a las filas de los grupos delictivos.

Más aún: el problema en la superficie del discurso es que se cree que la paz es la ausencia de guerra. Justamente el discurso de la sociedad civil se ha vertido sobre la idea de que no queda claro qué es ganar la guerra contra el narco, y el reclamo, sin duda justo, justificado, moral y necesario, es que deberíamos tener derecho a vivir, y sobre todo, a ejercer nuestros derechos en paz. Lugares comunes se han vuelto la necesidad de mayor presencia del ejército, o sacarlo de la calle del todo (dependiendo de qué tan corrupta se percibe la policía local); mayores penas para los delitos como el secuestro y el homicidio (como si automáticamente esto constituyera un desincentivo para ellos); legalización de las drogas (como si el asunto del narco estuviera ligado sólo a drogas, y no también al a tráfico de armas, de personas, pornografía infantil, lavado de dinero, piratería, y otras más). Todas estas ideas, junto al reclamo de “no más sangre”, ni siquiera en el entendido de que estas y otras medidas fueran efectivamente tomadas, garantizan la paz. Porque la paz no es ausencia de guerra.

Haciendo un ejercicio de imaginación, ¿qué cambiaría si de pronto acabara la guerra contra el narco? Nada. Porque la paz no es no-guerra, sino no-violencia. El caso de Colombia y la aguda mirada de Leonel Narváez nos han enseñado que las pequeñas violencias, derivadas de una cultura en donde perviven el autoritarismo y el individualismo, se ven exacerbadas por un contexto social en el que la desigualdad deviene en rencor y éste asimismo genera violencia. Aún con el fin de la guerra contra el narco –lo que sea que eso signifique, tanto para el Gobierno Federal como para la sociedad civil-, la violencia cotidiana seguiría siendo la norma, en tanto y en cuanto no se invierta en una educación que privilegie el respeto al otro, el perdón como herramienta política y la reconciliación como visión de Estado.

Sin duda, lo más preocupante es que capitalizar el discurso de la no-guerra será labor del PRI para las próximas elecciones, pues aunque mucho se desdiga, Sócrates Rizzo no nos dejará mentir: el balance de poder entre el narco y la clase política fue mantenido por el PRI durante décadas. Aunque curiosamente, los estados más violentos, salvo Michoacán, son gobernados por el PRI (y eso debería provocar más de una pregunta). Y mientras en la superficie se mantenga esa falacia, de la paz como no-guerra, será imposible superar el escenario de violencia que por encima de todas las cosas, vulnera el Estado de Derecho y por ende, los derechos fundamentales de todos los mexicanos. Temas como corrupción, representatividad en las legislaturas, y rendición de cuentas pasarán de largo junto con asuntos como la educación, la salud, y el desarrollo técnico científico, que urgen tanto en el país.

El llamado de Sicilia, el “estamos hasta la madre” y el hecho de tomar las calles y protestar son de suyo actos violentos. No me queda claro todavía si son necesarios, pero no dejan de parecerme insuficientes. Ignoro si apostar a la movilización constante de la sociedad civil, que parece ser la apuesta de Sicilia, sea el camino hacia el tan anhelado cambio. Y desde luego, no sé qué es lo que hay que hacer, pero sin duda, nadie lo sabe, y esa debería ser una oportunidad para ponernos creativos al respecto.

martes, 22 de marzo de 2011

A un año: Jorge y Javier

"La única forma de demostrar un principio ético, es en la práctica". Hannah Arendt




Un año después del asesinato de Jorge y Javier, me senté sobre el césped, frente al portón del Tecnológico de Monterrey que todavía permanece cerrado, como si el acto simbólico de no volver a usar la puerta por donde entró la muerte, fuera suficiente para dejarla fuera. En la reja blanca, había un pequeño cartel: “No se olvida”; las llamas de tres veladoras tristes danzaban con el viento hasta que se apagaron; una única rosa blanca estaba pudriéndose en el suelo; y dos muchachos permanecían de pie. Ella lloraba, discretamente, mientras él le pasaba el brazo sobre los hombros. Permanecieron así un momento, dieron la vuelta y se marcharon.

Me quedé ahí sentada un rato. Luego acudí a la cita de la Rodada por la vida, a la que convocamos desde Contingente Monterrey, Pueblo Bicicletero, Biciérnagas y La Bola, cuatro colectivos que impulsan una agenda de recuperación ciudadana de los espacios públicos. La idea era pedalear desde Campus Monterrey hasta Palacio de Gobierno, en memoria de Jorge y Javier. Así lo hizo un grupo de unas cincuenta personas, que en bicicletas, patinetas y patines se desplazó escoltado por un par de patrullas y agentes de tránsito en motocicleta. Una vez frente a Palacio de Gobierno, gritamos consignas, leímos un desplegado, tuvimos un percance con empleados gubernamentales (mismo que no reseñaré ahora mismo, pero que en realidad era de esperarse y no pasó a mayores), y luego nos fuimos.

Yo volví a mi casa, cansada, adolorida y con sentimientos encontrados. Los actos en memoria de mis compañeros asesinados frente al Tecnológico, como tantas otras demostraciones cívicas de la sociedad civil, no dejan de tener ese doble cariz de tristeza y desesperanza, aunque son esperanzadores. Sobre todo porque en una ciudad de poco más de cuatro millones de habitantes, estos actos de conmemoración (la Ceremonia por la Paz dentro del Tecnológico y una protesta espontánea el viernes; la Rodada por la vida el sábado) no superaron las 100 personas. A mí, en lo personal, me hace pensar que ese “No se olvida” no es más que una frase hecha, que en realidad no significa nada. Me hace pensar que en esta democracia sin demócratas será imposible ganar la guerra porque pocos son quienes están dispuestos a dar un paso al frente y hacerse voluntarios de una causa que no sea el interés propio y la gloria personal.

Jorge y Javier y Lucy y tantos otros inocentes han dado su vida por este país, si bien tan sólo para que a algunos de nosotros se nos mueva la consciencia. Lo que me entristece es que ellos son asesinados todos los días por la indiferencia, la falta de conciencia cívica y de compromiso ciudadano. Siguen apilándose muertos sobre una sociedad incapaz de darse cuenta de que el día es hoy, y lo que hay que hacer es participar y en cada uno de nosotros está el cómo. Cambiar este país, lo he dicho muchas veces, empieza por cambiar uno.

Pero también dije que estas demostraciones fueron esperanzadoras. Lo fueron porque aunque somos poquísimos, aunque todavía hace falta crear sinergias y articular acciones, aunque la sociedad civil y las organizaciones están aún lejos de constituirse en factores reales de poder, aunque a algunos activistas todavía les pesa el afán de protagonismo y se les agota la creatividad, la semilla de cambio arraiga cada vez más profundamente entre nosotros.

Tal vez aún falta mucho; tal vez falta demasiado. Cada vez es más la gente que levanta y alza la voz y expresa su inconformidad con nuestras instituciones injustas, nuestros gobiernos corruptos, nuestros políticos inconscientes. Pero lo que hace falta es que esa gente ponga sus palabras en acción, las lleve a la práctica y haga la diferencia en vez de estar hablando tanto de ella.

Hay que dejar de predicar el cambio y empezar a hacerlo.

A Jorge y Javier.

jueves, 7 de octubre de 2010

Todavía tener esperanza...

Ayer, después de unos días muy intensos en los que la violencia se ha apoderado de Monterrey, y de enterarnos que la cuenta de víctimas civiles se incrementa a la par que las autoridades en el Estado de Nuevo León hacen gala de incapacidad, me fui a la cama y por alguna razón pensé en Columbine...

Se acordarán de esa tristemente célebre prepa gringa en donde una maestra y once de sus alumnos fueron asesinados por 2 muchachos muy perturbados. Alguien incluso ya se hizo rico haciendo una película al respecto. La llamada "Masacre de Columbine" ocurrió un día cualquiera, de esos que ahora nos sobran en este país, un el 20 de abril de 1999.

Me acordé de Columbine pensando en Lucila Quintanilla, la joven de 21 años que ayer por la tarde caminaba en las calles del centro de Monterrey y murió mientras hablaba por el celular con su novio. Murió un día cualquiera, haciendo una cosa cualquiera, quizá totalmente de imprevisto.

Cuando estudiaba en la University of Wisconsin Eau Claire, el papá de una de las víctimas de Columbine, Rachel Scott, fue a darnos una plática.

Rachel Scott tenía 17 años cuando murió en Columbine. Estaba por entrar a las instalaciones de su escuela cuando recibió tres balazos.

Su padre tenía por entonces, 2002, un par de años dando esa misma plática en prepas y universidades de todo Estados Unidos. Su mensaje era muy simple: "Rachel murió para que yo pudiera venir a hablarles de Columbine el día de hoy". Nos dijo: "Rachel sabía que su vida sería breve, de ello dan cuenta sus diarios y notas. Pero sabía que su muerte sería significativa".

Rachel escribió en su diario, el diario que tenía con ella cuando murió, "I won't be labeled as average", porque sabía que de alguna manera su vida trascendería su muerte. Ella hablaba de autenticidad, de vivir una vida significativa, aunque estuvieras destinado a tener una muerte más significativa todavía. Ella decía:

"Don't let your character get camoflaged with your environment. Find who you are and let it stay in its true colors."

Pienso en el padre de Rachel, y en su madre, que mantiene un sitio web dedicado a la memoria de su hija. Y pienso que no hay palabras que describan el dolor de perder un hijo.Recuerdo la enseñanza de un profesor de filosofía: si mueren tus padres, eres huérfano; si muere tu esposa o esposo, eres viudo o viuda. ¿Cómo llamas a quien ha perdido un hijo? No hay palabra, ni consuelo posible. Es el terreno de lo innombrable, más allá de toda expresión en el lenguaje común.

Me admira la determinación del padre de Rachel Scott. Reconocer que la muerte de tu hijo sirvió a un propósito más grande no puede ser fácil. Y pienso en los padres de Lucila, de Jorge, de Javier y de tantos otros inocentes que han dado su vida, sin quererlo, por México.

Y quizá tengo la esperanza de que también ellos han muerto por un propósito mayor.

Para Lucilla Quintanilla, QEPD

lunes, 17 de mayo de 2010

Sin hogar

Vivimos una crisis moral.

La moral es pariente cercana de la palabra "ética", del griego "ethos", que significa carácter. Tradicionalmente pensamos que "ética" tiene que ver solamente con aquellos preceptos, costumbres o reflexiones que se relacionan con las normas de conducta que nos ayudan a sobrevivir en el mundo, por ayudarnos a distinguir entre lo "bueno" y lo "malo". Pero "ethos" originalmente significaba "lugar donde se vive". Es en este sentido, y sólo en este, que vivimos una crisis moral.

La realidad mexicana es abrumadora, o más exactamente, era abrumadora desde hace tiempo, sólo que ahora, en la realidad virtual de los medios electrónicos, en el tiempo-real de las redes sociales, parece que no da tregua. No es que el asesinato de estudiantes del Tecnológico haya sido el único ni el más importante, como ni tampoco lo es el caso de Callejerito, el perro que muere todos los días en YouTube víctima de unos chamacos inconscientes; tampoco es único el caso del Jefe Diego que sigue sin aparecer, o el del atentado contra la comunidad indígena en Copala, o tantos otros más. Lo que pasa es que ahora todo esto realmente pasa: en la inmediatez del suceso noticioso, toda posibilidad de reflexión, de distancia crítica, y hasta de cómoda ignorancia, se esfuma.

Todo esto realmente pasa: estamos a merced de una realidad compleja que nos demanda atención en todo momento, y demanda atención porque todo parece apremiante, urgente, desagarrador e imparable. Nos persigue implacable a nuestros lugares de trabajo, de esparcimiento, a nuestros espacios vitales a través de la televisión, el radio, las redes sociales. Es agobiante, asfixiante e inminente. Somos como niños sin hogar: nuestro hogar, aquel sentido antiguo de la ética en tanto lugar para vivir, de sitio donde nos sentimos cómodos, seguros, con la certeza de tener el control sobre nuestras vidas, está a merced del crimen, la inseguridad, la injusticia y la desesperanza.

Vivimos una crisis moral porque ya no hay lugar seguro en el cual refugiar la consciencia y comprender que todo esto que realmente pasa nos está pasando a cada uno, en lo personal, en lo individual, tanto como en lo colectivo. No es que los medios trivialicen la gravedad de la situación: es que no dejan espacio para el asombro, la indignación, y el enojo. Sin esos lugares, no cabe tampoco la acción, la participación y la esperanza.

Sin ese lugar para la consciencia, estamos lejos de comprender, pero aún más lejos de alcanzar a visualizar una manera de resolver los problemas y evitar que esto que realmente pasa, no vuelva a pasar.

lunes, 22 de marzo de 2010

Somos cómplices

¡Qué fácil es recurrir a la agresión, la acusación, la amargura y el odio cuando la violencia que se ha apoderado de nuestras ciudades nos toca de cerca!

¡Qué fácil es preguntarse "por qué", convertirse en víctima y evitar así el encarar la realidad!

¡Qué fácil regodearse en los "se los dije", "sigan votando por tal o cual", "se lo merecen", "al menos aquí (todavía) no pasa"!

Pero estos sentimientos de dolor, de angustia, de tristeza, de superioridad, de complacencia, no alcanzan más a enmascarar la realidad; la realidad es que todos somos cómplices de que el país se nos esté desmoronando, de que se tomen decisiones de vital importancia sin nosotros, de que volteemos la cara a la injusticia, la corrupción y la inseguridad y las aceptemos como parte de nuestra vida, como parte del día a día.

Somos cómplices, más no somos culpables.

Quienes apuntan un dedo acusador, tienen en su mano otros tres apuntándoles de vuelta. Pero la culpa es demasiado fácil. La culpa es irresponsabilidad, es cargar con un lastre que nos impide voltear el rostro hacia el futuro, que nos hace incapaces de tomar decisiones y nos incapacita para actuar.

Somos cómplices; entonces seamos responsables.

Aceptemos la responsabilidad de nuestra realidad. Aquí y ahora admitamos que Juárez, Guerrero, Monterrey y todos estos escenarios de la violencia ordinaria son nuestros. Que las causas profundas de la inseguridad, la violencia y la delicuencia son también obra nuestra. Que el silencio, el miedo y la inacción son discapacitantes que hemos abrazado con vigor.

Seamos responsables.

Hagamos consciencia: este es nuestro país, esta es nuestra realidad, estos son nuestros muertos, estos son nuestros delincuentes. Y con esta consciencia abracemos los anhelos de libertad, de justicia y de paz que todo ser humano, por virtud de su nacimiento, tiene en este mundo.

Para Javier y Jorge, QEPD

viernes, 23 de junio de 2006

SE VENDE: Democracia

AcrópolisEste producto es una marca registrada de los griegos, quienes ya desde la Atenas de Pericles se dedicaron a desarrollarlo en la práctica y en la teoría. A pesar de permanecer por varios siglos sólo en los anales de la historia del Siglo de Pericles, su posterior desarrollo se llevó a cabo en la Europa del Siglo de las Luces, por lo que cuenta con el respaldo de los más grandes pensadores de la modernidad, desde el inglés Locke hasta el francés Montesquieu.

Trece Colonias BritánicasEl verdadero campo de pruebas de este no tan innovador producto se localizó en las Trece Colonias inglesas en América del Norte, en donde sus mentes más avispadas (Madison, Hamilton, Jefferson y otros) aportaron de manera sistematizada la forma final que el producto tomaría. El auto gobierno, la voz del pueblo al fin escuchada y expresada a través del voto libre y personal, un sistema de partidos que representaran los diversos intereses de la sociedad, un sistema de pesos y contra pesos del poder, conocido por sus consumidores como División de Poderes, la libertad de elegir y la preservación de los derechos fundamentales de los seres humanos, son algunas de las características que mantienen a este artículo en la preferencia de la mayoría de los ciudadanos en el mundo.

Westminster PalaceAdemás del sustento teórico que muchos de los hombres y mujeres más brillantes de la historia le han brindado, cualquier cantidad de pruebas se han efectuado a lo largo y ancho del planeta para ofrecer la garantía de que este producto trabaja maravillosamente bajo casi cualquier condición climática y de otro tipo: funciona en sistemas parlamentarios como en el Reino Unido, lo mismo que en presidenciales como Estados Unidos, o sistemas mixtos como en Francia; es apto para estados unitarios como España; para estados federados como Suiza; y también para estados confederados como Canadá; es también recomendado en países de alto índice poblacional como la India, y en aquellos de población francamente escasa como Suecia.

Dream of Peace, UNICEFLa gran ventaja de este artículo de lujo consiste en que todos los ciudadanos son clientes potenciales: es unitalla, es fácil de usar, no requiere más que de una legislación sencilla que lo articule (el ensamblado no es responsabilidad de quien ofrece el producto), no requiere baterías, no encoge si se moja, es portátil (dentro de su territorio nacional), y después de algunas pruebas de laboratorio, hemos logrado que esta obra maestra de la ingeniería política sea unisex y esté lista para el consumo de todo tipo de personas, independientemente de su condición social, física, cultural y económica.


Los beneficios que usted podrá alcanzar con este producto son la paz social, la convivencia armónica de los pueblos, la representación de todos los intereses de toda la sociedad, la resolución pacífica de controversias, la igualdad legal de todos los ciudadanos, y la libertad individual de cada uno de los que conviven dentro de un territorio.

¡Peligro!¡Peligro!

ADVERTENCIA: Este producto no resuelve por sí solo crisis financieras, desempleo, desigualdad social, corrupción, iniquidad en la distribución del ingreso, inseguridad pública e ineficiencia de los servicios y servidores públicos. Sin embargo, su uso como medio para combatir los males anteriormente mencionados, y otros, es altamente recomendado.

miércoles, 21 de junio de 2006

Distopia

Después de ver por primera vez A Clockwork Orange de Kubrik, me dieron ganas de hacer varias cosas:

La banda1. Organizar a la banda y buscar un poco de ultraviolence.
2. Debrayar un rato acerca de los sistemas de exclusión de Foucault.
3. Reflexionar acerca del condicionamiento que le aplican a Alex.
4. Escribir un ensayo sobre la moral del narrador.
5. Salir a cenar.

Como la banda estaba ocupada, Foucault es indigerible de noche, el condicionamiento es tan interesante como la plática de un grupo de niñas fresa, y la moral de Alex es a fin de cuentas suya, la última opción fue la ganadora.

Sin embargo, en los días siguientes he estado dándole vueltas a una frasesita de la película que me llamó la atención: Cuando un hombre deja de tener elección, deja de ser un hombre.

Googleando la cinta en cuestión, y al autor del libro en el que está basada, me encontré con este término: distopia. Anthony Burgess (¡que suena muchísimo a Borges!) según entiendo, estuvo influenciado por eventos como la WWII, para crear una distopia: una anti-utopía en la que todo es horrible, y que sirve de llamado de 'alerta' sobre el curso de acción actual que puede llevarnos, a menos de que algo sea hecho, a ese escenario infernal, caótico, totalitario, represivo y casi inhumano.

(Siempre me hago este tipo de telenovelas en la cabeza:)

Pensando en aquella frase y la idea de la distopia, me da la impresión de que la película plantea que el peor de los mundos posibles es uno en el que no tienes poder de decisión. ¿Estaremos ya viviendo esa distopia burgiana? SÍ: No importa que al ir al súper tenga 450 marcas distintas de shampoo para escoger: al final mi criterio de selección ya está condicionado a ciertos patrones sociales (de belleza, de higiene) que van a guíarla, patrones que, por otra parte, yo no pude elegir jamás.

(¡¡Buuuh!! Qué depresión...)
Infierno

Si hemos dejado de tener elección, estamos sumidos en un hambre de alma, incapaces de identificar y manifestar nuestro ser, condicionados a vivir en este infiernito que nos hemos inventado...



Y cuando veo los encabezados de los diarios, sólo puedo pensar: en efecto...

jueves, 15 de diciembre de 2005

Descarada




Ahora resulta que la Robles quiere lanzarse por la candidatura a la Jefatura de Gobierno del DF del partido Alternativa Socialdemócrata (¿¿??), porque no puede soportar que un ex salinista sea el abanderado de la izquierda.

(Es cierto: Marcelo Ebrard fue Secretario de Gobierno del DF cuando Manuel Camacho Solís fue regente, en el sexenio de Carlos Salinas).

De entre todas las ocurrencias que tiene la clase política mexicana, las que están motivadas por la creencia de que tenemos memoria de teflón son las peores. O la Robles es muy tonta o muy descarada. ¿No se acuerda de todo el escándalo que desencadenaron los negocios del PRD con su novio, Carlos Ahumada?

Además, como ya lo señaló en su conferencia mañanera el actual Jefe de Gobierno, la Robles no puede aspirar al cargo en virtud del artículo 53 ff. IV del Estatuto de Gobierno, pues ya ocupó la jefatura en el pasado.

(Curiosamente, el Estatuto fue decretado por el mismísimo Carlos Salinas el 22 de julio de 1994).

Sabemos que en este país maniqueo, ser salinista es peor que la paidofilia, pero justificar esa candidatura caradura en el oscuro pasado de Marcelo está más allá de toda burla. Especialmente viniendo de quien viene.

martes, 25 de octubre de 2005

Poder/Discurso

Para Michel Foucault “en una sociedad como la nuestra, pero en el fondo en cualquier sociedad, relaciones de poder múltiples atraviesan, caracterizan, constituyen el cuerpo social; y estas relaciones de poder no pueden disociarse, ni establecerse, ni funcionar sin una producción, una acumulación, una circulación, un funcionamiento del discurso. No hay ejercicio de poder posible sin una cierta economía de los discursos de verdad que funcionen en, y a partir de esta pareja. Estamos sometidos a la producción de la verdad desde el poder y no podemos ejercitar el poder más que a través de la producción de la verdad”.

FOUCAULT, Michel (1992): La Microfísica del Poder. España, Ediciones de La Piqueta, p. 148.

Una amiga mía solía salir con un tipo, pero sin ningún tipo de formalidad, lo que en el argot postindustrial clasemediero se conoce como “free”. Mi amiga vivía en la angustia, porque en una situación así la sorpresa es la constante: no sabía cuándo recibiría una llamada del tipo, ni cuándo lo vería, ni en qué condiciones ni nada. El no-discurso de él era lo que la tenía siempre en duda, pero siempre ahí. (Y la duda mata).

Después de mucho “cocowash”, finalmente se convenció de que la situación no le gustaba y que debía hacer algo. Ella quería algo más formal, no sólo estar en la incertidumbre constante. Su principal preocupación era que si se lo decía, muy probablemente el tipo iba a cortarla, lastimándola irremediablemente.

Un buen día se animó a hablar con él. Obviamente, el tipo no accedió a formalizar nada. Sorpresivamente mi amiga no sólo no se sintió herida, sino que reafirmó su auto confianza y autoestima.

La palabra –dicha o no- es una fuente de poder. Nuestra realidad se hace verdad al verbalizarla, al socializarla y recrearla. Mi amiga no sólo descubrió que es muy fácil externar sus necesidades a otros, sino que invirtió las reglas del juego, cambió la relación de poder y finalmente logró empoderarse a sí misma.

Si eso pasa en escala micro… ¿Qué podría hacerse en un ámbito mayor?

sábado, 22 de octubre de 2005

Semiosis Delirante



Yo quiero. Tú quieres. Él puede. Poder. Presidente. Todo se lo traba el Congreso. Tribuna. Retórica. Todo lo que te digo para marearte. Nausea. Sartre. Existencialismo. Angustia. Pobreza. Ingresos y egresos. Impuestos y más impuestos. Dinero. Gastar. Comprar. Zapatos. Zapatillas. Cenicienta. Príncipe Azul. Romance. Boda. ¿Y vivieron felices para siempre? Mentira. Desencanto. Divorcio. Engaño. Políticos. Borrachera de poder. Copas. Antro. Cruda. Malestar. Embarazo. ¡Te juro mamá que era mi novio de manita sudada! Ingenuidad. Niñez. Kínder. Material para jugar. Cubos. Cubistas. Arte. Cine. Películas. Galanes. Diva. Ideales. Fuimos marxistas, hasta que empezamos a trabajar de a de veras. Realidad. Desengaño. Él es gay. Frustración. Desear algo que no vas a tener nunca. Falsas necesidades. Televisión. Caricaturas. Comerciales. Mercado. Globalización. Amenaza. AMLO. Negras intensiones. Hipocresía. Tú chíllale m’ija, chantajéalo con lágrimas. Esposa. Pégame pero no me dejes. Machismo. Charros. Caballos. Rancho. Tierras. Cacique. Autoridad. Obediencia. Sumisión. Mujer. Maquillaje. Arreglar lo que Dios dejó pendiente. Imagen. Vista. Ventana. Paisaje. Árboles. Ardillas. Animales. Zoológico. Rejas. Cárcel. Secuestro. Periódico. Reforma. Avenida. Coche. Papi no me pagará eternamente la gas. Tengo que trabajar. Levantarse temprano. Darse un baño. Regadera. Sueños eróticos. Sornrojarse. Vergüenza. Robar y que te agarren en el segundo viaje. Huir. Salinas. Corrupción. Narcotráfico. Si lo haces te recompensamos, si no lo haces, te matamos. Muerte. Falta mucho. Tiempo. Es lo que sobra, lo que falta es vida. Pasión. Cuando algo me gusta, me gusta mucho. Me gusta platicar. Sanborn´s. Café. Cigarrillo. Prohibido fumar. Imposición. Descontento. Rebeldía. Problema con los jóvenes. Problemas de los jóvenes. Drogas. Certificación. Estados Unidos. Frontera. Migrantes. Conflicto. Diálogo. Creo que yo tengo la verdad absoluta. Discurso de la izquierda. Izquierda y derecha. Dislexia. Confundir d y b. Torpeza. Me tropiezo a cada ratito. ¿Dios, porque me diste dos pies izquierdos? Religión. Infierno. Lucifer. Un ángel que se rebeló contra Dios. Ir en contra de las reglas. Estado de derecho. Gobierno. Fox. Botas. Las devotas se van al cielo. Cielo nublado. El día está tequilable y encamable. Cama. Dormir. Sueño. Momentos. El instante antes de un beso. Nervios. Sala de espera. Fue niño. Pañales. Mamilas. Dicen que así somos las niñas del Tec. Estudio. Licenciado. Lo que dicen mis tarjetas antes de mi nombre. Título. Condesa. Colonia del D.F. Ciudad. Tráfico. Marcha. CGH. Tú no opines porque eres güerita. ¡Fascistas! Hitler. Campos de concentración. Peligro. SIDA. Enfermedad. Vacas locas. Hamburguesas. McDonald’s. ¡Los vamos a McDonalizar! Rusia. Comunismo. Mordaza. Silencio. Tranquilidad. La plaza de algún pueblito perdido. En las plazas de las ciudades, hay una iglesia. Cura. Hidalgo. Revolución de Independencia. Guerra. Bomba. Hiroshima. Indignación. Carlos Abascal. Necedad. Padres. Te lo digo por tu propio bien. La frase más repetida en mi adolescencia. Relajo. Viernes en la tarde. Inicia el fin de semana. Salir. ¿A dónde? Decidir. “Dos caminos se abrieron ante mí y yo tomé el menos transitado: eso marcó la diferencia”. Frost. Poesía. Literatura. Realismo mágico. Gabriel García Márquez. Cien años de soledad. Úrsula. Quisiera una vida así. Capricho. Sentimiento. Deseo. Yo quiero. Tú quieres. Él puede.

sábado, 10 de septiembre de 2005

9/11/2001


No hay nada más natural, y más humano, que el miedo. Siempre he sido un animal nervioso y un tanto paranoico, y desde pequeña, la sensación de que hay algo extraño, pero muy vivo y al acecho, debajo de mi cama, me inspira un terror inexplicable. Además de eso, los ruidos de la noche, tan naturales en la jungla asfáltica, me hacen pensar en dos docenas de tragedias que pueden estar a la espera de atraparme. La sensación del miedo me persigue, aún hoy, cuando estoy en la cama.
El 11 de Septiembre de 2001 hubo un atentado, presuntamente perpetrado por terroristas islámicos, en contra del Centro Mundial de Comercio de New York, y contra el edificio del Pentágono en Washington D.C. En la televisión se repitieron una y otra vez, durante todo el día, las trágicas escenas de la masacre sin precedentes que ocurrió en la Gran Manzana. Los dos aviones impactándose contra las Torres Gemelas; gente saltando por las ventanas ante la desesperación, desde alturas inverosímiles; los dos edificios de cientos de pisos colapsándose y reduciendo a polvo a un par de miles de personas; las caras de los neoyorquinos presas del pánico, fueron evidencia del terror que marcó, no me cabe duda, a toda una generación.
Cuando era niña y el pánico se apoderaba de mí entre las sábanas de mi cama, me levantaba de puntillas para escabullirme en la cama de mis padres. A mi madre no la hacía nada feliz el hecho de que fuera a interrumpirle el sueño; mi padre en cambio me recibía junto a él, me abrazaba y acababa mágicamente con el miedo que me invadía.
La noche del 11 de Septiembre de 2001, me levanté de puntillas y me acurruqué entre los brazos de mi padre. Acababa de cumplir 22 años.