Hace 8 meses.
viernes, 16 de enero de 2015
Amar duele
Amar duele. Como cuando platicamos y hablamos y cantamos hasta que nos arde la garganta. O como esas veces que reímos sin motivo, y reímos tanto y tanto que nos lastima la barriga y nos duelen los cachetes. O esas veces que salimos a pasear y caminamos y corremos y jugamos hasta que los pies nos duelen. Amar duele. Sí que duele, duele cuando comemos galletas y nos duele la panza, pero qué ricas y cómo las disfrutamos. Duele cuando nos emocionamos tanto que aplaudimos tanto y tan fuerte, tantas veces, que las palmas nos arden. Duele cuando estamos tan contentas que el día no nos alcanza y nos duelen y nos pesan los párpados pero no queremos acostarnos. Duele cuando nos abrazamos estrujando. Amar duele, duele cuando por las noches nos dormimos apretándonos fuerte las manos. Sí que duele, hijita mía, duele. Amar duele, pero sólo así lo disfrutamos.
martes, 23 de diciembre de 2014
Navidad era mi abuelo
Navidad era un árbol enorme, lleno de luces y adornitos. A sus pies, el rodete de fieltro que hizo alguna vez mi mamá y que quién sabe dónde quedó. Y muchos regalitos. Navidad era el olor al ponche de la Abuela, y que me dejara masticar las cañitas y dejar los tejocotes. Era el pastel de tres leches de mi mamá; era mi tío, su guitarra, mis tías y mi mamá cantando, mis primos y muchas luces de bengala, mis hermanos traveseando. Mi papá poniendo regalitos bajo el árbol y abriendo cacahuates. Pero sobre todo Navidad era mi abuelo, su risa llenando toda la casa, sus ojos llorosos por picar la cebolla de ese bacalao que nunca me gustó y que perfumaba toda la cuadra, sus manos abrazando un whiskey y sus labios besando un Raleigh. Navidad era mi abuelo y su voz y sus manos. Ya nunca será Navidad.
lunes, 1 de septiembre de 2014
Mi pequeña
Mi pequeña, que ayer apenas me miraba desde su quietud, que sólo sonreía y parecía decirlo todo con la mirada de sus enormes y bellos ojos, que andaba pegada a mi cuerpo y sin mí no salía, puso sus dos piececitos sobre el suelo, se aferró con su manita a mi mano, y riendo a carcajadas y gritando de emoción, dio sus primeros pasos, en el parque de esa plaza en donde ha crecido tanto, entre esos árboles que ya conocen nuestros juegos y nuestros cantos, donde está ese columpio blanco en donde siempre nos mecemos largos ratos. Mi pequeña sigue siendo pequeña, sigue necesitando mi mano, mis mimos y mis cantos, pero ya sabe que bajo sus pies chiquitos se va haciendo su camino, ya se dio cuenta de que tiene su propia risa y su propia voz, y ahora sabe cómo y de qué se trata vivir feliz.
jueves, 7 de agosto de 2014
Me equivoqué
—Ya no te amo.
Me hubiesen sobresaltado esas palabras de tu boca, en la oscura habitación, esa noche de lluvia y ventarrón, si no las hubiera sentido también en mi corazón. Me di la vuelta en la cama y me dormí. Al día siguiente ya no estabas cuando desperté, supuse que te fuiste para no volver; habías dejado la alianza en el cajón, asumí que ya no querías ser ni estar conmigo nunca más. Hice mi maleta, pero tuve buen cuidado de no guardar nada que me hiciera recordar, hasta dejé al anillo junto al tuyo en el cajón, conociéndote estarán juntos más tiempo que tú y yo. Me fui a la estación a esperar el autobús, esperaba escuchar detrás de mí un “no te vayas” que no llegó, así que abordé, me fui, escapé. Y mientras me alejaba pensaba que tal vez lo dijiste dormido y yo me equivoqué.
viernes, 25 de julio de 2014
Cumpleaños
Cuando volví a verlo, no había envejecido, y yo ya era una anciana respetable: habían pasado cincuenta años desde nuestro último encuentro. Él estaba idéntico a sí mismo: perdido entre los 30 y los 40, las mismas ojeras, el pelo entrecano apenas, un par de arrugas alrededor de los ojos. Sólo la mirada lo delataba. Había visto morir a sus padres, a sus hijos, a los hijos de sus hijos, y como el tiempo siguió desdeñándole, se fue. Se negaba a celebrar sus cumpleaños, y ahí nomás, un buen día, la negativa a dar testimonio del paso del tiempo, hizo que el tiempo en él se detuviera para siempre. Parece un castigo demasiado severo, pero también dicen que bien merecido. Yo lo vi, y vi en su mirada centenaria, aún de niño, que había vuelto a soplar la velita, a dejar que pasara el tiempo, y, al fin, a morir.
Para Rubén, en su cumpleaños.
miércoles, 21 de mayo de 2014
Mis tenis
Todos tenemos algo así en el ropero: el vestido del día en que nos conocimos, la chamarra que llevé a aquel concierto, el viejo pañuelo del abuelo. En mi caso, es un par de tenis viejos. Cuando camino, rechinan y se quejan. Han perdido el color y un poco las suelas. Les tengo cariño porque calzan como un guante, pero también porque abrazaron mis pies en largas caminatas. Estuvieron conmigo por varios años, y es más: por varias ciudades. Fuimos juntos a pasear por México, Monterrey y Buenos Aires. Conocen Jujuy, sus caminos y sus calles. También estuvimos por la Quebrada de Humahuaca, vieron Bolivia, Chile y Lima de pasada. Pero lo más importante es que a la altura de esos tenis, luego de andar siete mil kilómetros y tres aeropuertos, una vez llegando a Salta, caminé rápido hasta donde estabas y te di por primera vez un primer beso.
viernes, 9 de mayo de 2014
Hoy me vi
Hoy me vi en el espejo, ¿dónde va a ser? Hace mucho que no pasaba, ¿quién tiene tiempo para eso? Me vi la piel pálida, los ojos sumidos, profundas ojeras y arrugas someras. Me vi cansancio, me vi cansada, me vi más vieja de lo que recordaba. Hoy me vi los rizos cayendo desordenados, sin máscara de pestañas y sin color en los labios. Me vi muchas batallas perdidas, sueños abandonados, insomnios caminados y silencios bien guardados. Luego miré mis manos: han perdido lozanía, están manchadas, arrugadas, casi diría marchitas. Hoy me vi, y debajo de todos mis quizá pocos años, de aquellas arrugas y manos viejas, todavía hay una niña que desea brincotear en los charcos. Todavía queda una chispa en la mirada que dice sigue: no todas las batallas serán ganadas, pero al menos podemos soñar que sentadas en un columpio, la vida es sólo subir y bajar.
lunes, 5 de mayo de 2014
Hoy te vi
Hoy pasé otra vez por la plaza de tu pueblo, y por esa banca entre los naranjos en la que te sentabas a hacer la tarea y a soñar, y, tal vez por el calor, tal vez por el cansancio, me pareció verte ahí sentado con un libro entre las manos. ¿A quién estarías esperando? Parecía que llevabas ahí mucho tiempo, tal vez años. ¿Estarías esperándome? No creo, pues a tu vida llegué algo tarde. Te veías como ese muchacho de cabello alborotado y ojos grandes y brillantes que a veces todavía se asoma, ingenuo, cuando compartimos una risa y un cigarrillo. Ese que está ahí debajo de tanto cansancio y tanto tedio. Quise saludar, pero no habría soportado que no me reconocieras: he perdido mi cara de muchacha. Quise parar, pero pasé de largo, porque te veías como un recuerdo, pero uno que no era, que nunca será, mío.
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