sábado, 12 de noviembre de 2011

De viaje

Compartir vida y espacio con otra persona no es nada fácil. El grado de dificultad aumenta cuando el otro significativo es de una cultura ajena a la propia: choque cultural le llaman, creo. Pero a veces la cuestión tiene poco que ver con el choque cultural y más bien es inherente a ser-con-otro el que la vida pase jocosamente por encima de uno.

Mi otro significativo (Rubén, o Pinche Rubén como le digo de cariño), salimos a hacer un viaje corto al norte de la provincia de Jujuy, a visitar un par de pueblitos de La Quebrada. Tomamos el camión desde San Salvador hacia Tilcara, y luego de un par de horas de sudar en equipo con otras cuarenta personas que sufrimos la falta de aire acondicionado, llegamos. Compramos una tortilla en la calle para entretener la tripa y caminamos al lado de un perro (¡cabrón perro!) que insistía en saltar y saltar frente a mí para robarme la tortilla, que no es exactamente una tortilla como las que en México son el pan de cada día, pero se parece bastante y la verdad, estaba deliciosa, o tanta hambre tenía que así me pareció.

Sudados y cansados, seguimos caminando hasta la plaza (y suena largo el “hasta la plaza”, pero de la terminal de autobuses a la plaza no hay más de seis o siete cuadras, mismas que recorrimos unas veinte veces mientras estuvimos ahí) a esperar a que la hermana de Rubén le respondiera un SMS porque, ¡claro!, no apuntó la dirección del hotelito donde hizo la reservación. Tan fácil que era llamar de nuevo al hotel y preguntar en dónde estaba, ¿no? Pues sí, así que se lo dije y un ratito después ya estábamos instalados en una cabañita pequeña y bonita de dos plantas y con un baño con tina que me hizo ojitos desde que lo vi (¡Dios bendiga los baños en tina!).

Al rato nos fuimos a cenar. Más exactamente, a buscar dónde cenar, porque ser vegetariana parece que es exiliarse de la humanidad, al menos en esta parte del mundo en que lo mismo comen res, conejo o llama (dos días después, Rubén se comió una cazuela de llama y el muy ingrato dijo “sabe a que murió mirando los cerros en los que nació”, ¡Pinche Rubén!). Pizza y ensalada sería, ni hablar. Eso más una cerveza. Nos sentamos en un espacio al aire libre del restaurante y vimos desfilar no sé cuántos franceses que al parecer también encontraron interesante pasearse por Tilcara en temporada baja. Había franceses y porteños que nos miraban raro. Vaya, no es tampoco que seamos un espectáculo a la vista, lo que pasa es que el Pinche Rubén se la pasa haciéndome reír y tengo una risa tan poco discreta que los porteños le preguntaron de dónde éramos, y tan contagioso tengo el “pinche” que pensaron que él también era mexicano. La conclusión obvia es que los mexicanos somos escandalosos: un desmadre, que le dicen.

El día siguiente le conseguimos a Rubén un sombrero para que no anduviera despeinado y luego hicimos la caminata a Pucara, una ciudad ocupada por los Incas hace unos 700 años y que ha sido reconstruida por arqueólogos y que nos deja con muchas dudas respecto a la precisión de éstos a la hora de interpretar ruinas. Luego de subir y subir y caminar de aquí para allá, entre casas de piedra y cardones gigantescos, llegamos hasta un monumento construido en honor a los arqueólogos que trabajaron en el lugar. Mire usted: ser arqueólogo y hacerse una pirámide para conmemorar su trabajo tiene que ser lo más absurdo de la vida, pero bueno, ahí estábamos, mirando la pirámide, tomando fotos del lugar, cuando de pronto una ráfaga de viento le arrancó el sombrero a Rubén y salió corriendo a perseguirlo. Creo que mi carcajada se escuchó claramente en Tilcara y eso tiene que ser lo mejor de todo el viaje, lástima que por la risa no alcancé a sacarle una foto, ni modo. Y la foto no a mi risa, sino a Rubén correteando su sombrero, aclaro.

Al día siguiente salimos para Purmamarca, otro pueblito de La Quebrada en donde no hay mucho más que un cerro que le llaman De los Siete Colores porque, bueno, tiene siete colores, y según me informan, es la imagen turística de la provincia de Jujuy. Luego de la caminata, volvimos a la plaza central del pueblo que estaba infestada de alemanes y uno que otro sureño despistado. Encontramos donde comer (de nuevo, entre mi vegetarianismo, que empiezo a concebir como una enfermedad, y los horarios de los restaurantes, comer se ha vuelto un poco angustioso) y, ¡oh, sorpresa! La cuenta que Dios me cobra cada mes por ser mujer llegó antes de lo previsto y, nada, me puso de mal humor, lo cual parece la señal que espera el Pinche Rubén para ponerse en modo de joder encantadoramente, lo cual en otra circunstancia sí me parece encantador, pero con cólico menstrual es poco menos que una patada en el trasero. Para avivar mi mal humor, perdimos el camión de vuelta a San Salvador, y tuvimos que esperar una hora más.

Al final, tomamos un taxi compartido que hizo del viaje de vuelta (que dura una hora), el más largo en la historia de los viajes de vuelta: una mujer se subió con nosotros y se instaló en el asiento del copiloto, y no paró de hablar ni para tomar aire hasta que llegamos. Apretados en el asiento de atrás, íbamos Rubén, un tipo con aspecto de hippie rezagado, y en medio de los dos, yo. El hippie rezagado, luego de una siesta breve, no dejó de menearse en el asiento de una forma nerviosa que, junto con el parloteo de la mujer y la música guapachosa del conductor, acabó por ponernos los pelos de punta.

Ignoro si a todo mundo le pasa, o si pasa siempre, o si simplemente estas cosas me ocurren sólo a mí exclusivamente para que venga y se las cuente a ustedes. En cualquier caso, lo mejor de los viajes (cortos, largos o como sean), es llegar a casa y dar un suspiro de alivio y sentir como un triunfo sobre la vida el terminar el viaje.

2 comments:

Ramon Rdz

Gracias por el TRIP virtual! :D

Siempre Camino Solo

Excelente recorrida y gracias por sentir nuestro país en el corazón.