Cualquiera que se haya echado un clavado a la discusión sobre los impuestos, puede darse cuenta de que no es cosa nada más de impuestos. Es un problema mucho más complejo, que enmascara, a mi juicio, al menos tres grandes temáticas de fondo:
1. La relación entre el espacio público y el espacio privado: la particularidad de los sistemas autoritarios es que se inmiscuye en la vida privada de los individuos, limitando sus libertades. La inercia cultural, raíz de las prácticas presidencialistas, mantiene esta intromisión. Estamos acostumbrados no tener vida privada, y cómodamente esperamos que las decisiones que tenemos que tomar como individuos sean resueltas por el gobierno. ¿Cómo se relaciona esto con los impuestos? La incapacidad de decidir dá el poder de decisión a alguien más (el Estado), y quienes lo personifican (gobernantes) se sienten con la obligación moral de cuidar de nosotros. Así, junto con el paternalismo, no existe la costumbre del debate público, de tomar en cuenta a los individuos en las cuestiones fundamentales. En nuestra adolescencia ciudadana, esto nos crea gran frustración, pero igual queda la sensación de que nuestro papá gobierno, lleno de padres y madres, sabe qué es lo mejor para nosotros.
2. La desconfianza en la autoridad y las instituciones: el fin del autoritarismo formal ha provocado un destape de problemáticas particulares que han requerido atención. Como parte del proceso de liberalización se han creado ex profeso una serie de instituciones que llevan a cabo tareas que de suyo pertenencen a instituciones que deberían atender estas problemáticas. Por ejemplo: la Comisión Nacional de Derechos Humanos y el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación son instituciones que llevan a cabo tareas que en realidad son competencia del Ministerio Público. En los hechos, estas instituciones no solamente provocan una presión presupuestaria, sino que contribuyen a la desconfianza generalizada. En nuestra adolescencia ciudadana reconocemos como importantes estas instituciones, a costa de no exigir el buen funcionamiento de las instituciones paralelas y legítimas.
3. El federalismo: la vocación federalista se originó temprano en el siglo XIX, como parte de un proceso de revolución que evocaba el modelo de Estados Unidos. Es bastante claro que un territorio tan vasto, con una población tan diversa, no podría organizarse de otra manera. Sin embargo, la centralización del poder ha sido una constante, y el federalismo está atrofiado. Además de la autonomía presupuestal de los estados y municipios, revitalizar al federalismo sería útil para crear estructuras de incentivos para la inversión y la creación de empleos. En nuestra adolescencia ciudadana, no logramos reconocer el poder de votar con los pies, y cambiar de residencia cuando el municipio o estado en el que vivimos deja de proporcionarnos lo indispensable para la vida buena. Y esto se liga con las dos ideas anteriores: no somos capaces de tomar esa decisión porque es más cómodo quejarse, y de todas maneras "en todos lados es lo mismo".
Es un problema complejo que va más allá de la discusión coyuntural de los impuestos. En nuestra adolescencia ciudadana los impuestos son lo importante; lo demás siempre puede esperar a que ésta se nos pase...