lunes, 28 de agosto de 2017

Querida yo a los cuarenta y ocho años

Querida yo a los cuarenta y ocho años:

¿Qué tal la vida? Espero que te encuentres bien y más que bien, que estés contenta, haciendo algo interesante, que estés ávida de nuevos desafíos (supongo que tener una adolescente en casa lo será, pues para ahora, Amelia habrá cumplido recién 14 años), y que seas feliz.

Te escribo porque se me ocurre que quiero que me recuerdes con cariño. Que te acuerdes que a tus treinta y ocho, todavía no tienes canas, tienes una que otra arruga y en general, tienes un aire feliz. Quiero que pienses en mí con alegría, si bien has tenido un par de momentos duros en los últimos años, no quiero que pienses que tu vida ha sido sufrida o imposible. Difícil sí, como lo es la de todos, pero por lo menos ha sido intensa, divertida, interesante y desafiante. Quiero que te acuerdes de lo mejor: encontrar nuevas amigas, enfrentar nuevos retos, aprender cosas nuevas, disfrutar de formas distintas. Verás, algo que sé de cierto es que la vida no deja nunca de sorprenderte, si la dejas. La novedad está en todas partes si te permites el asombro. Te puede dar mucho miedo, pero es mejor atreverse y hacer las cosas con miedo, que no hacerlas del todo. No sé si en diez años, cuando tú leas esta carta, te va a seguir pareciendo lo mismo. Pero quisiera decirte que pienses en mí no como una persona perdida, sino como una que se está encontrando de formas distintas todos los días. Que me recuerdes no como una mujer angustiada y ansiosa (que a veces soy), sino como una mujer que está dominando sus emociones. Que vuelvas en tu mente a este momento y me veas no como alguien que pudo haber sido, sino como alguien que es todo lo que puede.

Con todo mi corazón, te deseo que la vida te encuentre como me encuentra hoy.

Nadia

martes, 3 de mayo de 2016

Hace veinte años

Hace veinte años tenía diecisiete años, el rostro hermoso, la piel lozana, las manos blancas, los ojos almendrados todavía sin arrugas y sin tantos llantos. Hace veinte años caminaba confiando en que algo bueno pasaría, no me importaba llevar el cabello largo y enredado, ni usaba tacones ni vestidos largos. Hace veinte años, la música a todo volumen era medicina, una charla amiga era una caricia y reír hasta llorar era parte de la rutina. Hace veinte años todavía creía que el amor era una fortuna, la amistad un milagro y la familia una carga. No sé si ya me está abandonando la juventud o si sólo se trata del tiempo que está pasando, pero ahora veo que la vida era más simple hace veinte años, y quizá saberlo es lo que hace que veinte años después, con la mirada de la madurez, la vida no se siga complicando tanto.

viernes, 30 de enero de 2015

¡Lo odio!



  • Que la gente no haga lo que dice que va a hacer.
  • Despertar y que la cocina sea un asco. Odio no tener energía para limpiar al final de cada día.
  • Que levanten la mesa y dejen los vasos, y dejen los vasos todavía medio llenos.
  • Que me ofrezcan carne para comer, aunque sea de broma.
  • Que le ofrezcan carne a mi hija para comer, aunque sea de broma.
  • Que critiquen mi vegetarianismo, como si fuera una discapacidad.
  • Los Simpsons y la gente que los entrona.
  • La gente que hace trampa en las filas del súper o del banco y se sale con la suya.
  • La gente que golpea a sus hijos en público, para “disciplinarlos”.
  • La gente que los golpea en privado.
  • Que me digan qué tengo que hacer, cuando sé qué es lo que tengo que hacer.
  • La gente que se queda mirando cómo se cae una viejita y luego no la ayuda a levantarse.
  • Que me vendan las papas sucias.
  • Tener que pedir algo mil veces, como si no fuera clara la primera vez.
  • La gente irreflexiva.
  • No tener tiempo para arreglarme las uñas.
  • El café feo.
  • Ir a un restaurante y no tener opciones vegetarianas.
  • Lavar platos.
  • La gente que grita cuando se enoja.
  • Gritar cuando me enojo.
  • Pedir ayuda y que no me la den.
  • Hacer planes y que me los cambien.
  • Que llueva cuando tengo que salir.
  • Que no estén los precios de las cosas en las góndolas del súper.
  • No tener tiempo para leer.
  • Dormir poco y mal.
  • Mandar un correo, un mensaje o una carta y que no me contesten.
  • La gente dos caras.
  • La pizza blanda.
  • Que el horno no caliente parejo y se me bajen los pasteles.
  • Que la casa se llene de bichitos.
  • Que me guste un par de zapatos, pero que no haya de mi talla.
  • Que se paren los autos sobre la senda peatonal justo cuando voy a cruzar.
  • Que haya futbol todos los días, en todos los canales, a todas horas.
  • Que le digan pendeja a mi hija, aunque aquí en Argentina signifique otra cosa.
  • Olvidarme de comprar algo que necesito, como el shampoo o el detergente, y recordarlo justo cuando lo necesito.
  • Que la gente se ponga a platicar en medio de la calle, o del pasillo del súper, sin pensar que no deja pasar a los demás.
  • Ir al dentista.
  • Que me digan “hay que vernos” o me inviten a salir y luego se hagan los desentendidos.
  • La gente que complica cosas que se arreglan simplemente con un sí, o un no.
  • Que se acaben las servilletas.
  • Los secretos, y que te digan “te cuento pero no le vayas a decir a tal”.
  • La gente que no sabe estar en silencio, sin música, sin televisión, sin ruido, aunque sea un ratito.
  • Dormir con la luz prendida.
  • Las cosas que tienen instrucciones sin dibujitos.
  • La gente desagradecida y/o desconsiderada.


Y dejo todo aquí, para no cargarlo, para que no me moleste más.

viernes, 16 de enero de 2015

Amar duele



Amar duele. Como cuando platicamos y hablamos y cantamos hasta que nos arde la garganta. O como esas veces que reímos sin motivo, y reímos tanto y tanto que nos lastima la barriga y nos duelen los cachetes. O esas veces que salimos a pasear y caminamos y corremos y jugamos hasta que los pies nos duelen. Amar duele. Sí que duele, duele cuando comemos galletas y nos duele la panza, pero qué ricas y cómo las disfrutamos. Duele cuando nos emocionamos tanto que aplaudimos tanto y tan fuerte, tantas veces, que las palmas nos arden. Duele cuando estamos tan contentas que el día no nos alcanza y nos duelen y nos pesan los párpados pero no queremos acostarnos. Duele cuando nos abrazamos estrujando. Amar duele, duele cuando por las noches nos dormimos apretándonos fuerte las manos. Sí que duele, hijita mía, duele. Amar duele, pero sólo así lo disfrutamos.

martes, 23 de diciembre de 2014

Navidad era mi abuelo


Navidad era un árbol enorme, lleno de luces y adornitos. A sus pies, el rodete de fieltro que hizo alguna vez mi mamá y que quién sabe dónde quedó. Y muchos regalitos. Navidad era el olor al ponche de la Abuela, y que me dejara masticar las cañitas y dejar los tejocotes. Era el pastel de tres leches de mi mamá; era mi tío, su guitarra, mis tías y mi mamá cantando, mis primos y muchas luces de bengala, mis hermanos traveseando. Mi papá poniendo regalitos bajo el árbol y abriendo cacahuates. Pero sobre todo Navidad era mi abuelo, su risa llenando toda la casa, sus ojos llorosos por picar la cebolla de ese bacalao que nunca me gustó y que perfumaba toda la cuadra, sus manos abrazando un whiskey y sus labios besando un Raleigh. Navidad era mi abuelo y su voz y sus manos. Ya nunca será Navidad.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Mi pequeña


Mi pequeña, que ayer apenas me miraba desde su quietud, que sólo sonreía y parecía decirlo todo con la mirada de sus enormes y bellos ojos, que andaba pegada a mi cuerpo y sin mí no salía, puso sus dos piececitos sobre el suelo, se aferró con su manita a mi mano, y riendo a carcajadas y gritando de emoción, dio sus primeros pasos, en el parque de esa plaza en donde ha crecido tanto, entre esos árboles que ya conocen nuestros juegos y nuestros cantos, donde está ese columpio blanco en donde siempre nos mecemos largos ratos. Mi pequeña sigue siendo pequeña, sigue necesitando mi mano, mis mimos y mis cantos, pero ya sabe que bajo sus pies chiquitos se va haciendo su camino, ya se dio cuenta de que tiene su propia risa y su propia voz, y ahora sabe cómo y de qué se trata vivir feliz.

jueves, 7 de agosto de 2014

Me equivoqué


—Ya no te amo.

Me hubiesen sobresaltado esas palabras de tu boca, en la oscura habitación, esa noche de lluvia y ventarrón, si no las hubiera sentido también en mi corazón. Me di la vuelta en la cama y me dormí. Al día siguiente ya no estabas cuando desperté, supuse que te fuiste para no volver; habías dejado la alianza en el cajón, asumí que ya no querías ser ni estar conmigo nunca más. Hice mi maleta, pero tuve buen cuidado de no guardar nada que me hiciera recordar, hasta dejé al anillo junto al tuyo en el cajón, conociéndote estarán juntos más tiempo que tú y yo. Me fui a la estación a esperar el autobús, esperaba escuchar detrás de mí un “no te vayas” que no llegó, así que abordé, me fui, escapé. Y mientras me alejaba pensaba que tal vez lo dijiste dormido y yo me equivoqué.


viernes, 25 de julio de 2014

Cumpleaños


Cuando volví a verlo, no había envejecido, y yo ya era una anciana respetable: habían pasado cincuenta años desde nuestro último encuentro. Él estaba idéntico a sí mismo: perdido entre los 30 y los 40, las mismas ojeras, el pelo entrecano apenas, un par de arrugas alrededor de los ojos. Sólo la mirada lo delataba. Había visto morir a sus padres, a sus hijos, a los hijos de sus hijos, y como el tiempo siguió desdeñándole, se fue. Se negaba a celebrar sus cumpleaños, y ahí nomás, un buen día, la negativa a dar testimonio del paso del tiempo, hizo que el tiempo en él se detuviera para siempre. Parece un castigo demasiado severo, pero también dicen que bien merecido. Yo lo vi, y vi en su mirada centenaria, aún de niño, que había vuelto a soplar la velita, a dejar que pasara el tiempo, y, al fin, a morir.

Para Rubén, en su cumpleaños.