viernes, 30 de septiembre de 2005

El ritual de comer


Cuando el padre de mi padre murió, hubo una fiesta. Después de velarlo en casa de un pariente, lo llevaron en hombros a la Iglesia, y tras la misa de cuerpo presente, caminamos todos al cementerio. Después, volvimos a la casa de ese pariente y hubo una gran comilona. Yo no entendía, pero mi madre me dijo que eso se hace para agradecer a las personas que han acompañado a la familia en tan difíciles circunstancias.
Mi padre es de un pueblo muy humilde. La Ciudad de México está formada por muchos pequeños mundos, y uno de ellos es el pueblo de Iztacalco. Conserva la tradición de hacer fiesta cada que alguien se muere, las bodas y los bautizos duran días, y las mujeres ancianas pueden rezar el rosario completo de memoria, casi sin tomar aire. Las tortillas son la cosa más deliciosa en ese lugar, y el pan sabe verdaderamente a gloria.
Es increíble: el ritual de comer y todo lo que lo que lo rodea parecen ser uno de los rasgos característicos de nuestra cultura. La hora de la comida es la hora de hablar de negocios, de compartir con amigos o familia, de intercambiar experiencias. Es el momento más importante del día, el punto clímax de fiestas y reuniones, de celebraciones como bodas, o de lamentación conjunta, como en el caso de los velorios de pueblo.
Además de ese detalle, de todo el ritual que implica comer, no cabe duda que nuestra cocina verdaderamente se gana cualquier premio culinario internacional. Definitivamente, la UNESCO sí debe considerarla patrimonio cultural de la humanidad.

jueves, 29 de septiembre de 2005

No me arrepiento de nada

Desde la mujer que soy,
a veces me da por contemplar
aquellas que pude haber sido;
las mujeres primorosas,
hacendosas, buenas esposas,
dechado de virtudes,
que deseara mi madre.
No sé por qué
la vida entera he pasado
rebelándome contra ellas.
Odio sus amenazas en mi cuerpo.
La culpa que sus vidas impecables,
por extraño maleficio,
me inspiran.
Reniego de sus buenos oficios;
de los llantos a escondidas del esposo,
del pudor de su desnudez
bajo la planchada y almidonada ropa interior.
Estas mujeres, sin embargo,
me miran desde el interior de los espejos,
levantan su dedo acusador
y, a veces, cedo a sus miradas de reproche
y quiero ganarme la aceptación universal,
ser la "niña buena", la "mujer decente"
la Gioconda irreprochable.
Sacarme diez en conducta
con el partido, el estado, las amistades,
mi familia, mis hijos y todos los demás seres
que abundantes pueblan este mundo nuestro.
En esta contradicción inevitable
entre lo que debió haber sido y lo que es,
he librado numerosas batallas mortales,
batallas a mordiscos de ellas contra mí
-ellas habitando en mí queriendo ser yo misma-
transgrediendo maternos mandamientos,
desgarro adolorida y a trompicones
a las mujeres internas
que, desde la infancia, me retuercen los ojos
porque no quepo en el molde perfecto de sus sueños,
porque me atrevo a ser esta loca, falible, tierna y vulnerable,
que se enamora como alma en pena
de causas justas, hombres hermosos,
y palabras juguetonas.
Porque, de adulta, me atreví a vivir la niñez vedada,
e hice el amor sobre escritorios
-en horas de oficina-
y rompí lazos inviolables
y me atreví a gozar
el cuerpo sano y sinuoso
con que los genes de todos mis ancestros
me dotaron.
No culpo a nadie. Más bien les agradezco los dones.
No me arrepiento de nada, como dijo la Edith Piaf.
Pero en los pozos oscuros en que me hundo,
cuando, en las mañanas, no más abrir los ojos,
siento las lágrimas pujando;
veo a esas otras mujeres esperando en el vestíbulo,
blandiendo condenas contra mi felicidad.
Impertérritas niñas buenas me circundan
y danzan sus canciones infantiles contra mí
contra esta mujer
hecha y derecha,
plena.
Esta mujer de pechos en pecho
y caderas anchas
que, por mi madre y contra ella,
me gusta ser.

lunes, 26 de septiembre de 2005

Titanic


No sé cuántas veces habré visto está película, pero me acuerdo perfecto de la primera vez: fue en el hoy extinto cine de Plaza Coapa. Iba con mi mamá y con mi prima. Era nuestra película de año nuevo de 1998 (mi madre y yo tenemos la insana tradición de ir a ver una película cada 1º de enero).

Recuerdo muy bien dos cosas: en la escena en donde Leonardo DiCaprio aparece en tuxedo al lado del reloj, se escuchó un sonoro “¡oh!” de parte de todas las asistentes; todas salimos, de menos, con una lagrimita en los ojos.

(Yo no salí con una lagrimita: lloré como magdalena, cosa que me pasa cada vez que veo la película).

A pesar de que Titanic ha sido muy criticada como cursi, larga y aburrida, a mí me parece que está realizada casi a la perfección. La manera en la cual la bellísima música de James Horner te va llevando a través del viaje de Rose es fenomenal: definitivamente, la película no sería lo mismo sin la música.

Este fin de semana volví a verla. ¿Habrá mucha gente como Rose, que se siente atrapada por la vida?

sábado, 24 de septiembre de 2005

viernes, 23 de septiembre de 2005

Cambio, permanencia



Hace algunas semanas me sentí la salmantina de rubios cabellos: me fui a la Ollin Yoliztli a escuchar el concierto de la Filarmónica de la Ciudad de México. Esta es una actividad que disfruto mucho, y que tenía mucho tiempo de no hacer. El punto es que me sorprendí: allá sentados, sobre el escenario, los músicos –además de mi profe de violín, Luis Meza-, se me hacían en extremo familiares. Y recordé esa línea memorable de El seminarista de los ojos negros de Miguel Ramos Carrión: los conoce a todos a fuerza de verlos.

Recuerdo que en la prepa, una de nuestras actividades favoritas era tomar un café en el Sanborn’s de Coapa. Lo visitábamos religiosamente todas las tardes, hasta el punto en que incluso las meseras nos conocían. Todavía hoy, cuando de repente me apersonó en ese lugar, es fascinante ver las caras familiares de muchas de las meseras que, 10 años después, siguen ahí.

Supongo que eso es lo más interesante de la vida. Por una parte, los lugares se vuelven “tus lugares”. La gente se vuelve “tu gente”, aunque jamás haya cruzado una palabra contigo. Se vuelven un referente de que todo tiene un orden y un lugar en tu universo.

Pero por otro lado, te dan un sentido de “movimiento relativo”: todo permanece, y sólo así somos concientes de cuánto hemos cambiado. La pequeña Nadirubis que tomaba el café con Mónica en el Sanborn’s, no es la misma que ahora escribe estas líneas. Pese a que somos lo que somos, algo ha cambiado.

Ojalá y algo haya cambiado: sería una pena que no fuera así.

jueves, 22 de septiembre de 2005

The road not taken



Two roads diverged in a yellow wood,
And sorry I could not travel both
And be one traveler, long I stood
And looked down one as far as I could
To where it bent in the undergrowth.
Then took the other, as just as fair,
And having perhaps the better claim,
Because it was grassy and wanted wear;
Though as for that the passing there
Had worn them really about the same.
And both that morning equally lay
In leaves no step had trodden black.
Oh, I kept the first for another day!
Yet knowing how way leads on to way,
I doubted if I should ever come back.
I shall be telling this with a sigh
Somewhere ages and ages hence:
Two roads diverged in a wood, and I--
I took the one less traveled by,
And that has made all the difference
Robert Frost

martes, 20 de septiembre de 2005

Matrimonio entre el cielo y el infierno

¿Qué le da peso a tu existencia?

Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será. Por el contrario, la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que sea real sólo a medias y sus movimientos sean tan libres como insignificantes.
Milan Kundera, La insoportable levedad del ser


No recuerdo exactamente en qué momento pasó, pero de repente, Anwar se convirtió en uno de mis mejores amigos. Confidente y consejero, es una de las personas que, pese a su pesimismo endémico, me hace muy feliz. Tiene una visión tan peculiar de la vida que me divierte muchísimo, y generalmente siempre me dice cosas que me dejan pensando.

(Anwar insiste en que las cosas que me pasan –y miren que me ha pasado de todo-, sólo podrían pasarme a mí: parece que el resto de la gente es inmune al infame sentido del humor de Dios).

La última vez que, presas de la depresión laboral (es decir, la tristeza de nuestro actual empleo combinada con la mala fortuna de no poder encontrar otro), salimos a tomar un café, me dijo: “Ya le dije a mi madre que me quiero morir a los 35 y se escandalizó. Pero ¿por qué vivir más? ¡Si tengo 23 y ya estoy harto!”.

(Este es el tipo de comentarios que me hacen la tarde: duro pero honesto).

Pero, ¿qué tal que fuera así? ¿Qué tal que las cosas sean así, que cada uno de los días de tu vida sea idéntico al anterior, sin nada de emoción y nada interesante que te despierte?

Yo sé que Anwar no lo dice en serio. Creo que a su vida le falta peso (y no me refiero a los kilos de más, mi vida loca), sino peso como ese del que habla Milan Kundera: le hace falta una razón por la cual levantarse en las mañanas y vivir de veras, le hace falta atreverse, mirar más allá de lo que nos atormenta en el espejo y lanzarse al abismo sin pensar en nada más.

¿No somos todos así? Yo creo que Anwar tiene la particularidad de que es capaz de verbalizar el sentimiento de frustración que a veces –pero siempre en algún momento- nos aqueja a todos. Y tal vez, ese pesimismo se esfumará en cuanto encuentre algo que le dé peso a su existencia.

Y a la tuya, ¿qué le falta?

Nadia


Todo es cuestión de perspectiva

Mi vida loca, antes que todo, muchas gracias por tomarte el tiempo de escribir sendas líneas que, pese a lo breves de las mismas, han sabido capturar un gran pedazo de lo que es el mosaico de mi vida. Sin embargo, en un ánimo algo envalentonado y centrado en el egocentrísmo del decir: - “Soy mejor que eso”, me he servido redactar lo siguiente.

Espero y este acto se tome como lo que es: Una simple y llana esquela que inquiere dar fe de erratas acerca de una visión enrarecida que alrededor de mí se ha generado. Esto, quizás, se debe al exceso de contaminación en el aire o bien a una súbita bocanada de ántrax que sin querer haya llegado hasta tu oficina.

Mi actitud, en absoluto, se trata de pesimismo endémico, yo prefiero llamarle HUMOR NEGRO, según creo yo, esto se juega como sigue: Más vale burlarse de la perra vida antes de que ésta lo haga de ti. Es corretear al tiempo y apostarle a que uno puede anticiparse al irónico destino. Es no darle la oportunidad de sorprenderte con imaginarios pantanosos.

De hecho, estoy convencido de que hasta harto clemente resulta esta filosofía, pues es darle la ocasión a la vida de que si algo bueno pasa hasta agradecido estés. De esta manera ella queda como la heroína, mientras que uno queda como el cretino que no le da el suficiente mérito a su benevolencia.

Ahora bien, no es falta de motivos, es exceso de realidad. Me resisto a unirme a aquellos que esperan que mendigando pequeños momentos de felicidad a la vida lograran darle sentido a la misma. Bye!!! Lo quiero todo, me lo merezco. No quiero acabar mis años reconstruyendo vida de los añicos de aventuras erráticas del pasado.

Vivir la vida tal cual la vivo, negra y oscura, ese sí es protagonismo. Lo demás es sólo añoranza de vida a través de imaginarte rodeada de escarcha rosada y malvaviscos de color. Vamos, los enanos de Blanca Nieves están en un crucero de limpia vidrios, los 3 osos descansan en la sala de alguien y Barbie ya lleva más de 10 cirugías plásticas, le dejo el marido pues era gay y ahora, a toda costa, busca un buen arreglo matrimonial con un chico australiano.

Hay que actuar, es cierto, pero no para colectar anécdotas, se actúa para trascender a través de actos importantes. De lo contrario, mejor ni se actúa. Te guardas en tu casa y esperas casarte (nada personal mi Nadirubis.) Para coleccionar, colecciono estampas…eso de colectar momentos es algo que la gente se dice a sí misma en aras de justificarse de actos estúpidos y hasta suicidas acometidos en nombre de no quedarse con la duda del qué hubiera pasado. Carajo!!! Acaso no somos seres racionales, al diablo con la incertidumbre, analicemos las variables y sorprendámonos de lo brillantes que somos anticipándonos al tiempo.

Pero insisto, este acto, como todo en la vida es cuestión de perspectiva.

Te quiero, y pese a que mi nombre no sea el último que pronuncies, sí espero que mi amistad sea en lo último que pienses.
Anwar, tu vida loca

lunes, 19 de septiembre de 2005

Finding Neverland




¿En qué momento se nos olvida ser niños? No me refiero a ser ‘infantiles’, sino a ver la vida como si fuéramos pequeños todavía; como si las cosas nos pasaran por primera vez; como si todo fuera nuevo y estuviera a la disposición de nuestros sueños y de nuestra imaginación.

Dicen que JM Barrie nunca dejó de ser un niño. Finding Neverland es una película que retrata al autor escocés en la época en que ‘adoptó’ a los niños Llwelyn Davies y se le ocurrió la genial idea de escribir Peter Pan, la historia del niño que no quería crecer y que vivía un sin fin de aventuras en Neverland, entre indios, piratas y niños perdidos.

La película es conmovedora. Siempre es un deleite ver a Johnny Depp: sabes que en cada escena está su mejor actuación. Y Kate Winslet está maravillosa. La química entre ambos está más allá de lo sexual: radica en la fe ciega de que esa persona especial va a quedarse contigo siempre. Y pese a ello, lo más conmovedor de todo es una escena que fue eliminada (¡benditos sean los DVD’s!): uno de los niños Davies le pregunta a Barrie por qué él no tiene hijos. “Porque sólo los adultos tienen hijos”.

(Sé de mucha gente a la que debieron advertirle esto alguna vez...)
Conozco poca gente que todavía tiene ese espíritu infantil, que todavía tiene la inocencia de vivir “en cada página de su imaginación”. Ojalá que, al menos un ratito todos los días, fuéramos capaces de descubrir nuestro propio Neverland.