jueves, 17 de marzo de 2011

No sé si soy yo la que te tiene o es al revés

Te miro sentado en el sillón, con esa expresión entre infantil y divertida, y suspiro. En realidad no podrían entender lo que te quiero. Últimamente eres algo entre mi mejor amigo y el amor de mi vida... es un poco difícil de explicar. Siempre estás ahí, cuando en la obscuridad de la noche necesito estar con alguien, y tú apareces a mi lado, con el buen tino de no decir palabra, tan sólo mirarme con esos enormes ojos brillantes que me encantan.

Si fuera de otra manera... pero es como es. Tú tienes tu mundo en particular y yo el mío, y a veces creo que no tienen nada que ver. No sé si soy yo la que te tiene o es al revés. Pero me encantas. Es como estar enamorada, mirarte echado en el sillón, con actitud de que el mundo te pertenece, mirándome a mí, o tan sólo paseando tus ojos por ahí.

En los últimos días, me eres tan necesario como el aire. Cuando en mitad de la noche me levanto insomne y tu vienes hacia mi y estás a mi lado, y siento el calor de tu cuerpo contra el mío, me siento segura y aunque tú no me lo digas, entiendo que comprendes que me siento un poco sola, y estas ahí, todo el tiempo que yo quiera.

Pero eso es en las noches. Durante el día, te dedicas a ignorarme, como si fuera un gran secreto el que te portes lindo conmigo, como si tuvieras miedo de que alguien se enterara de lo bueno que eres conmigo. Quizá es arrepentimiento, porque pone en duda tu calidad de macho, de soberano. Y aunque me volteas la cara cuando te miro, como no siendo yo digna de tus ojos, sé que es tan sólo porque todos te observan, y corres el peligro de que te juzguen un poco humano.

Ahora, te veo ahí en el sillón. Estamos solos y tu sonrisa me invita a acurrucarme a tu lado, a sentir el calor de tu piel, de tu inescrutable mirada, de tu mutismo. Me siento a tu lado y te sientas en mi regazo. Acaricio tu piel de terciopelo, tus orejitas puntiagudas. Siento tu peso en mi regazo y me reconforta pensar que me comprendes, y que tus esporádicos “miau” me resultan un mayor consuelo que la plática con cualquier otro ser humano. No sé si entiendes lo que siento, pero lo remedias perfectamente.

¿Qué sería de mí sin mi William?