lunes, 29 de agosto de 2011

A dos voces

Tanto tiempo esperándote y para besarte sólo tenía que mirar al norte e imaginarte.


Tanto tiempo esperándote y para quererte sólo tenía que volver al sur.


Tanto tiempo soñándote y estabas ahí, escribiendo para que pueda encontrarte.


Tanto tiempo escribiéndote, pensando que eras un sueño, cuando en realidad ahí estabas.


Olvidémonos del tiempo, seamos ahora en cada verso.


Olvidémonos de la distancia, seamos caricia en cada mirada.


Ni el tiempo ni la distancia nos separan si siento que me acaricias al escribir cada palabra.


El tiempo y la distancia son nada si siento que te tengo entre la piel y el alma.


El tiempo y la distancia dejaron de importar cuando supe que eras tú la que tanto esperaba.


Yo ya te esperaba, aún sin saber que eras tú.


Yo ya te soñaba, sin saber que eras tú la dueña de mis palabras.


Yo ya te leía desde el alma, antes de que escribieras nada.


Yo ya te escribía antes de saber que así llegaba a tu alma.


Yo ya te quería, antes de que siquiera lo imaginaras.



domingo, 21 de agosto de 2011

¿Dónde están los buenos?

De un par de años a la fecha, los “malos” (narcos, sicarios, secuestradores y un largo etcétera), se han apoderado de las calles. Peor aún, se han apoderado de nuestra tranquilidad, nuestra seguridad y nuestra vida. Y digo nuestra pensando en un sector de la población que, en teoría, está más o menos bien educado, más o menos bien informado y más o menos con capacidad de decisión. En muchas ciudades, los “malos” son un factor a considerar al momento de tomar decisiones que no solían ser de vida o muerte: ¿Salir de fiesta a riesgo de no volver, o mejor quedarse en casa? ¿Cambiar de auto a riesgo de que lo roben, o mejor no hacerlo? ¿Quedarme a vivir en mi ciudad a riesgo de que me secuestren, o mejor emigrar a otra ciudad o, incluso, a otro país?

Desde antes de 2006 el incremento en los delitos como el secuestro, la extorsión y algunos otros del fuero común, se han ido incrementando en nuestro país. Nadie quiere escuchar cifras ante lo que es, a ojos vistas, la realidad que vivimos, a veces de forma acuciante, en muchas ciudades de México. Y muchas han sido las voces que se han alzado para denunciar, protestar e inconformarse. Y una de las frases que recurrentemente he escuchado es “somos más los buenos”. A veces me pregunto: ¿es en serio? ¿De qué bondad creen que están hablando?

Creo que hay gran confusión al respecto: la bondad en el ámbito privado se evidencia en muchas actitudes y comportamientos que atañen solamente a ese ámbito de la vida. Ser una buena persona implica, en nuestro contexto, ser un buen hijo, hermano, padre, amigo, compañero de trabajo. No provocar el sufrimiento –físico, psicológico– de los otros en nuestro entorno inmediato podría ser el criterio para determinar la bondad de una persona. Y seguro que México está lleno de estos buenos. Pero eso no es suficiente en el ámbito público.

Uno de los filósofos más mal entendidos en la historia es Maquiavelo. Se le adjudica la frase “el fin justifica los medios”, pero se le da una interpretación rayana en caricatura, pensando que su instrumentalidad implica todos los fines y todos los medios, en todos los ámbitos de la vida. Maquiavelo en realidad se refería a que cualquier fin político, es decir, cualquier fin público, justifica cualquier medio político. Y con lo político, Maquiavelo y toda la tradición republicana se refieren a virtudes públicas como la participación, la tolerancia, el diálogo y el respeto al orden legal. Un buen ciudadano, por tanto, ejerce estas virtudes en el ámbito público, siempre en pos del fin público último que es el bien común, sea como sea que se quiera definir este.
México, sin duda, está lleno de buenas personas, y probablemente sean más esos los “buenos” que los “malos” que están acabando de a poco con nuestro país. Pero lo que no hay es “buenos” de los otros, del tipo ciudadano que se informa, que analiza, que toma postura y participa.

¿Dónde están los buenos? No los veo: veo manifestaciones y protestas públicas vacías en comparación a la cantidad de habitantes que hay en las ciudades; veo quejas en las redes sociales y en las charlas de café, pero no la inquietud de comprender y analizar la postura contraria; veo gente que se indigna y horroriza en lo privado pero en lo público trata de pasar desapercibido.

La realidad es que los “malos” son más que los “buenos”. Pobre México, si no nos damos cuenta y lo arreglamos. Y pronto. Porque podrán cambiar las leyes, el presidente, todos los gobernadores, diputados y senadores, pero los mexicanos, esos más de 76 millones de empadronados en el IFE, ¿quién los va a cambiar?

sábado, 20 de agosto de 2011

Tan lindo...

... que no parece mi nombre entre tus letras.



lunes, 20 de junio de 2011

Ana Frank no puede ver la luna

Hoy, Ana Frank cumpliría ochenta años,

¿cómo será ese sueño hondo
de cumplir y cumplir
ochenta años?

quién puede bajarse
del tren de la vida y mirar caminos
ochenta años

ochenta, ahora tendidos
en el viejo árbol de la muerte,

ochenta años

yo miraré por ti los fresnos,
apagaré las velas,
celebraré la luna,
besaré a mi mujer,
este es mi regalo:
felicidades.




*En realidad, hoy Ana Frank cumpliría 82 años*

domingo, 12 de junio de 2011

Querida yo a los 16 años

No lo hagas. No te rindas. Sé que no quieres morir, pero sientes que la vida no vale la pena. Tranquila. Apenas estás aprendiendo a vivir, y la vida es larga. Lo único que realmente vas a tener es tiempo. Y aunque hoy no puedas ver sentido o dirección algunos, el tiempo pasará igual, y todo será mucho más claro conforme vivas. No te prometo que será más fácil. Pero te prometo que aprenderás a crear tu vida en el día a día. Y vas a estar muy orgullosa de la mujer en la que te vas a convertir.

El mundo te parece oscuro, ajeno y feo, pero te prometo que un día, dentro de no muchos años, eso va a pasar, porque todo pasa. Tienes buenos amigos que te ayudarán a ver la vida de una forma distinta. Apóyate en ellos, que aunque no te entienden, te quieren. A algunos los vas a volver a ver; otros se irán para siempre de tu vida; pero a otros los seguirás teniendo en tu vida por muchos, muchos años. Cuídalos. Los amigos son un espejo que nos permite ver dimensiones de nosotros que a veces no sospechamos. Y aunque hoy te muestras huraña y te aíslas, un día te darás la oportunidad de abrirle el corazón a mucha gente. Habrá quien te quiera bien, habrá gente que te defraude, pero siempre, siempre te van a enseñar algo. Aprende la lección y sigue tu camino.

El amor te parece inmerecido. Te tengo noticias: siempre nos parece que es así, no importa la edad que tengamos. Sobre todo porque siempre es sorpresivo. A veces no lo esperas y aparece, inoportuno. Y aunque en este momento piensas que no lo encontrarás nunca, créeme: te va a llegar en el momento menos pensado. Y vas a ser muy feliz. Y, también, te va a doler. Pero no te preocupes: el dolor nos hace valorar lo bueno. Con el tiempo, aprenderás que sufrir no es obligatorio, y podrás ser capaz de agradecer el dolor que pase por tu vida.

Así que no te preocupes. A ese chico por el que suspiras y al que le escribes poemas de amor, y que nunca te va a hacer caso, no le llores (tanto). Te van a romper el corazón otras veces, y eso es bueno por al menos dos razones: cada vez aprendes más de ti, lo cual es bueno porque sólo tú vas a acompañarte toda la vida; y en segundo lugar, siempre, siempre volvemos a amar, lo cual es bueno porque aprendemos a hacerlo mejor. Dentro de unos años mirarás atrás, hacia los desencuentros, hacia el desengaño, y te dará mucha risa las veces que pensaste que la vida se acababa con el desamor. No se acaba.

Sé que te sientes inadecuada, fea y sin chiste, y que quieres cambiar. Si quieres teñirte el cabello, adelante. Pero en unos años el color natural de tu pelo castaño rojizo será la envidia de mucha gente. Y sí, aunque hoy te sientes fea y poco atractiva, te prometo que en algunos años realmente apreciarás tu belleza. Y sobre todo aprenderás que ser sexy es más una cuestión de actitud que de estética. Y, créeme, caminarás por la calle con la frente en alto sabiéndote una mujer muy sexy.

Sé que no soportas a tus padres. Con el tiempo, eso también pasará. Seguirán teniendo ideas muy distintas a las tuyas, y aunque a veces seguirán desesperándote, aprenderás a escucharlos. Y aprenderán, todos, a escucharse sin hacerse caso. Cuida a tu padre, que a veces es duro y frío pero te quiere, de veras. Cuida a tu madre, que nunca dejará de ser tu mejor amiga. Y acércate a tus hermanos muy temprano en la vida: son los únicos seres humanos a los que de verdad conoces desde que nacieron, y es lindo contar con ellos en los momentos más difíciles. También es lindo saber que ellos cuentan contigo.

Finalmente, ten en mente que tienes 16 años. No tienes que tener todas las respuestas. Ya te llevo media vida de distancia y tampoco lo tengo todo claro. Y espero que cuando vuelva a escribirte, a tus 31, desde los cuarenta y algo, pueda decirte todavía: todo pasa. Así que lo que pase, sea lo que sea, disfrútalo mucho. Ser feliz sólo es cuestión de querer.

Nadia

sábado, 4 de junio de 2011

Adiós Mi Amor, adiós

El fuego arrasa mi cuerpo con el dolor de amarte.
El dolor arrasa mi cuerpo con el fuego de amarte.
El dolor como una herida a punto de estallar de amor por ti.
Consumido por el fuego de mi amor por ti.
Recuerdo tus palabras.
Pienso ahora en tu amor por mí.
Me desgarro por tu amor por mí.
Dolor y más dolor.
¿Adónde te vas con mi amor?
Me dicen que te marchas.
Me dicen que me dejarás aquí.
Mi cuerpo se entumece de pena.
Recuerda lo que dije, Mi Amor.
Adiós Mi Amor, adiós.



(Traducción libre de Nadia L. Orozco)

lunes, 16 de mayo de 2011

Deberías saber

Deberías saber que a veces me río cuando duermo. A veces también canto dormida. No puedo dormir con la luz encendida y el estómago vacío, y prefiero las pijamas de algodón que las de seda. También reviso dos o tres veces las llaves de la estufa y el cerrojo de la puerta antes de dormir.

Debería decirte que no soporto un grifo que gotea, una madre que maltrata a su hijo, y una persona que no cruza las calles por las esquinas. No puedo pensar antes de desayunar, y a veces también es frecuente que no piense antes de hablar, pero nadie es perfecto.

Deberías saber, además, que adoro caminar, en especial si es colgada de tu brazo, porque soy muy torpe. A veces me caigo de la silla, y, ¡ay, Dios!, a veces también, estando de pie, me desplomo sin motivo. No puedo beber café sin tirármelo encima, y me es imposible comer sin ensuciarme las manos. Nunca brillaré en sociedad.

Debería hablarte un poco sobre mis excentricidades: uso el reloj en la muñeca derecha (soy diestra), para recordarme que lo único que tenemos en la vida es tiempo. Religiosamente me lavo la cara todas las noches; también, religiosamente, escribo al menos una página todos los días, y lo he hecho todos los días de mi vida desde los quince años. El primer libro que leí fue Cien Años de Soledad, aunque eso ya lo sabías, pero deberías saber que siempre vuelvo a él, sobre todo para sentirme en familia. Nunca salgo de casa sin, al menos, haberme maquillado las pestañas, y soy tan torpe para mentir que lo evito a toda costa.

Deberías saber que soy curiosa y me gusta hacer de todo (excepto eso que tú sabes que nunca voy a hacer), y aunque hago de todo y lo hago mal, le pongo todo el corazón (excepto esa parte de mi corazón que sabes que te toca a ti). Aunque me gusta mucho la compañía de la gente, paso la mayor parte del tiempo en soledad (excepto cuando te pienso y entonces sé que me acompañas), y también, algunas veces, me siento sola aunque esté rodeada de gente porque no sé expresar lo que me pasa por la cabeza (es de esas raras veces en las que pienso antes de hablar).

Debería decirte que soy muy apasionada: lo que me gusta, me gusta al extremo del delirio, y lo que no me gusta, lo odio y lo aborrezco. Son pocas las cosas que caen en esa clasificación, por cierto, porque también soy hábil para encontrarle el lado amable a casi todo. Me gusta reír, aunque a veces me da mucha vergüenza hacerlo en público porque mi risa es muy escandalosa, y a veces también contagiosa. Otro motivo por el que nunca seré una socialité.

Debería platicarte sobre mis amores: los libros, los zapatos, los Beatles y los gatos. No tengo los pies más bonitos, pero caminarían contigo hasta el fin del mundo, especialmente con un buen par de tacones que, la verdad, me gustan mucho. Me sé de memoria todas las canciones de los Beatles, y te podría decir cuándo y cómo descubrí cada una, y a qué momento exacto de mi vida me remite. Y es que tengo memoria fotográfica, sobre todo para las imágenes. Soy muy visual, algo curioso para alguien que es miope y no vio el mundo con claridad hasta hace unos años.

Debería decirte que nunca me tomo demasiado en serio, de hecho protagonizo la mayoría de los chistes que me cuento, y a veces soy sarcástica. Esto es de familia y a veces no logro evitarlo, ni siquiera cuando se esperaría que fuera seria. Eso sí, lo que digo me lo tomo con una seriedad de pulmonía, y a veces me cuesta trabajo entender que la gente no es así, y les sale muy bien decir las cosas por decir, sin sentirlas.

Y para terminar, debería contarte que hace muchas noches soñé contigo, y sólo estoy aquí para ver si de verdad existes. Y existes. Y me hace feliz que así sea, y quisiera decirte todas estas cosas que deberías saber, pero a veces no me atrevo: son esas veces en las que te llamo y digo “sólo quería saludarte”, cuando lo que quiero decirte es todo esto, o quizá, simplemente, decirte que te quiero.

viernes, 22 de abril de 2011

La paz como no-guerra

He seguido con atención los comunicados de Javier Sicilia, especialmente el último video en el que convoca a una marcha nacional el próximo 8 de mayo. Me reservaré, por lo pronto, mi opinión sobre la marcha como herramienta de protesta, y más bien quisiera traer la atención a un problema un poco menos coyuntural.

El discurso de Felipe Calderón, al inicio de su sexenio, se centró en declarar la guerra contra el narco. En pocos meses, se hizo evidente que lo que eso implicaba –si bien no lo significaba–, era un recrudecimiento de la violencia, un aumento sin precedente de todos los delitos en todo el país (sólo en Nuevo León, por ejemplo, el homicidio aumento un 298% entre 2009 y 2010), y una creciente percepción de que las cosas se le han salido de control al Gobierno Federal. Casos como el del hijo de Javier Sicilia y sus amigos (si bien no son los únicos ni los primeros, y tristemente, todos los días vemos que tampoco serán los últimos), pusieron en evidencia que lo más fundamental, la vida de todos los ciudadanos, estaba en la línea de fuego, y sin mencionar lamentables declaraciones como que esos ciudadanos caídos son “daño colateral”, la gran publicidad de casos como el de Javier y Jorge, los alumnos del Tecnológico de Monterrey que fueron asesinados el año pasado sin que aún se sepa exactamente qué fue lo que pasó, y el del mismo Juan Francisco Sicilia y sus amigos, han hecho que la sociedad civil se movilice en torno a un discurso de “no a la guerra”, “no más sangre”, “ya basta”, y otras consignas igualmente razonables y quizá necesarias.

Pese a lo razonable, ese discurso del “no a la guerra” inquieta porque el problema se ha trasladado a la superficie, como ocurre siempre que la opinión pública se apodera de un tema en una sociedad mal educada, mal leída y, desde luego, mal alimentada. El problema de fondo no es la guerra contra el narco y terminarla: el problema son las causas profundas del narco, causas que, por otra parte, la situación económica y social de millones de familias han agudizado. Sin duda, los más aguzados analistas y opinadores estarán de acuerdo en que el problema de fondo no es el narco, sino la pobreza, la falta de empleo, y las poquísimas oportunidades de educación y superación. Y sin duda, quienes están pagando los platos rotos son los jóvenes, toda una generación perdida: según estadísticas judiciales más del 50% de delitos federales y del fuero común son cometidos por jóvenes de 14 a 29 años. Y si “Presunto Culpable” nos dice algo, es que muchos de los jóvenes que efectivamente acaban en las cárceles, ni son culpables ni tuvieron acceso a una justicia de verdad. Parece que la consigna es acabar con los jóvenes de esta generación, bien llenando con ellos las cárceles, o de plano orillándolos a las filas de los grupos delictivos.

Más aún: el problema en la superficie del discurso es que se cree que la paz es la ausencia de guerra. Justamente el discurso de la sociedad civil se ha vertido sobre la idea de que no queda claro qué es ganar la guerra contra el narco, y el reclamo, sin duda justo, justificado, moral y necesario, es que deberíamos tener derecho a vivir, y sobre todo, a ejercer nuestros derechos en paz. Lugares comunes se han vuelto la necesidad de mayor presencia del ejército, o sacarlo de la calle del todo (dependiendo de qué tan corrupta se percibe la policía local); mayores penas para los delitos como el secuestro y el homicidio (como si automáticamente esto constituyera un desincentivo para ellos); legalización de las drogas (como si el asunto del narco estuviera ligado sólo a drogas, y no también al a tráfico de armas, de personas, pornografía infantil, lavado de dinero, piratería, y otras más). Todas estas ideas, junto al reclamo de “no más sangre”, ni siquiera en el entendido de que estas y otras medidas fueran efectivamente tomadas, garantizan la paz. Porque la paz no es ausencia de guerra.

Haciendo un ejercicio de imaginación, ¿qué cambiaría si de pronto acabara la guerra contra el narco? Nada. Porque la paz no es no-guerra, sino no-violencia. El caso de Colombia y la aguda mirada de Leonel Narváez nos han enseñado que las pequeñas violencias, derivadas de una cultura en donde perviven el autoritarismo y el individualismo, se ven exacerbadas por un contexto social en el que la desigualdad deviene en rencor y éste asimismo genera violencia. Aún con el fin de la guerra contra el narco –lo que sea que eso signifique, tanto para el Gobierno Federal como para la sociedad civil-, la violencia cotidiana seguiría siendo la norma, en tanto y en cuanto no se invierta en una educación que privilegie el respeto al otro, el perdón como herramienta política y la reconciliación como visión de Estado.

Sin duda, lo más preocupante es que capitalizar el discurso de la no-guerra será labor del PRI para las próximas elecciones, pues aunque mucho se desdiga, Sócrates Rizzo no nos dejará mentir: el balance de poder entre el narco y la clase política fue mantenido por el PRI durante décadas. Aunque curiosamente, los estados más violentos, salvo Michoacán, son gobernados por el PRI (y eso debería provocar más de una pregunta). Y mientras en la superficie se mantenga esa falacia, de la paz como no-guerra, será imposible superar el escenario de violencia que por encima de todas las cosas, vulnera el Estado de Derecho y por ende, los derechos fundamentales de todos los mexicanos. Temas como corrupción, representatividad en las legislaturas, y rendición de cuentas pasarán de largo junto con asuntos como la educación, la salud, y el desarrollo técnico científico, que urgen tanto en el país.

El llamado de Sicilia, el “estamos hasta la madre” y el hecho de tomar las calles y protestar son de suyo actos violentos. No me queda claro todavía si son necesarios, pero no dejan de parecerme insuficientes. Ignoro si apostar a la movilización constante de la sociedad civil, que parece ser la apuesta de Sicilia, sea el camino hacia el tan anhelado cambio. Y desde luego, no sé qué es lo que hay que hacer, pero sin duda, nadie lo sabe, y esa debería ser una oportunidad para ponernos creativos al respecto.