Hace 8 meses.
sábado, 24 de septiembre de 2011
jueves, 22 de septiembre de 2011
Instrucciones para amar a alguien sin ser correspondido
1. Si ya está enamorado, asegúrese de que el objeto de su afecto:
a. Esté actualmente en otra relación.
b. Esté enamorado de alguien más.
c. No esté interesado en usted.
a. Esté actualmente en otra relación.
b. Esté enamorado de alguien más.
c. No esté interesado en usted.
3. Reúna toda la información posible sobre el objeto de su afecto. Pregunte a sus amistades en común sobre sus hábitos y costumbres. Elabore una bitácora sobre lo que hace. Sea meticuloso.
4. Acose al objeto de su afecto. Sígalo a los lugares que frecuenta. Tropiécese con él “accidentalmente”. Asegúrese de que lo sigue en todas las redes sociales. Es indispensable que el objeto de su afecto se sienta hostigado. De lo contrario, usted podría efectivamente despertar su interés y el propósito de todo esto se vería truncado.
5. Durante sus encuentros “accidentales”, no se controle. Sude, tiemble y tartamudee. Que su atracción sea notoria. No oculte sus emociones: el objeto de su afecto puede empezar a enamorarse de usted si nota una pizca de indiferencia.
6. Hágale regalitos, especialmente en su cumpleaños, navidad, día de los enamorados, día de la marmota. Cualquier día es un excelente pretexto. Cerciórese de que el objeto de su afecto no sepa que vienen de usted, pero que lo sospeche. Sea abrumador.
7. Sufra. Haga una lista de canciones tortuosas. Incluya canciones estruendosas y dolorosas como “Creep” y “Cryin’”. Si tiene ánimo tequilero, pruebe con “No me queda más” y “Yo no nací para amar”. Recuerde: sufrir le hará pensar que se merece el amor del objeto de su afecto, lo cual le impedirá desistir en sus afanes.
8. Asegúrese de que ha dejado de dormir y de comer adecuadamente. Es muy importante que su estado físico denote su angustia y deseo no correspondido. De lo contrario, la gente podría sospechar que usted no está lo suficientemente obsesionado.
9. Si el objeto de su afecto llegara a fastidiarse, hará todo lo posible por evitarle a usted. Permítalo. El rechazo agudizará su angustia y sufrimiento y será capaz de prolongarlos por muchos, muchos meses. Incluso años.
10. Si el objeto de su afecto pierde la razón y se enamora de usted, tenga cuidado: muy pronto usted descubrirá que en realidad no era lo que esperaba y le abandonará rápidamente. Recomiéndele entonces las instrucciones para curar el mal de amores, y usted encárguese de pensar muy bien en qué quiere invertir su tiempo y energía la próxima vez que se enamore.
martes, 20 de septiembre de 2011
Instrucciones para curar el mal de amores
*Nota: Si usted no es mujer, probablemente estas instrucciones no le funcionen. Pero no se preocupe: nadie es perfecto.
1. Llore, pero establezca un horario. Es preferible por las noches: las almohadas llenas de lágrimas tienen el efecto de hacerle sentir aún más patético, miserable y absurdo. Procure hacer como que nadie se da cuenta: su familia y amigos se esforzarán por hacer como que no saben que usted lo hace. Sea disciplinado: llorar, como cualquier otro arte, se perfecciona con la práctica.
2. Consiga una amiga que no se canse de escuchar lo maravilloso que es su ex.
3. Hable con ella todas las veces que pueda. Sirve hacerlo vía electrónica, pero es mucho más catártico que ella le vea a usted llorar, gemir, agitar los brazos y hacer gestos. Ensaye antes frente al espejo de ser necesario.
4. Ármese de un litro de helado y unas cuantas películas lacrimógenas. Puede empezar por torturarse con cosas como “The Lake House” o “The Notebook”. Así, el efecto de la culpa, el arrepentimiento, el “por qué a mí no me pasan esas cosas” y el “por qué me dejó si todo era perfecto”, se potencializan. No olvide tener a la mano un pañuelo. Usar kleenex no está en onda y además es poco ecológico.
5. Repita los pasos 3 y 4 hasta que su ex deje de parecerle tan maravilloso.
6. Consiga una amiga que no se canse de escuchar lo desgraciado que es su ex.
7. Hable con ella todas las veces que pueda. Probablemente, su monólogo sea interrumpido por un monólogo muy parecido que su amiga traerá a colación, a propósito de lo desgraciado que es su propio ex. La conversación se convertirá entonces en una lista de las patanadas de las que son capaces los hombres, y surgirá una especie de concurso de “a ver a quién de las dos le ha ido peor”.
8. Ármese de un litro de helado, y unas cuantas películas lacrimógenas. Es indispensable que todas tengan finales anti climáticos, como “The Reader” o “The Bridges of Madison County”. Así, el efecto del rencor, el odio, el “por qué me pasan estas cosas” y el “así de pinche sola me voy a quedar” se magnificará. Tenga además, a la mano, algo suave que pueda aventar. Romper el televisor no es, para nada, recomendable.
9. Repita los pasos 7 y 8 hasta que su ex deje de parecerle tan desgraciado.
10. Una buena mañana, levántese, mírese al espejo y notará los quince kilos de más que ha ganado por comer helado todas las noches, y el rostro demacrado por pasarla llorando y lamentándose por su ex. Se dará cuenta que el tipo no era ni tan maravilloso ni tan desgraciado, y usted podrá retomar su vida normal, lista para empezar de nuevo. (Vea las Instrucciones para enamorarse).
viernes, 16 de septiembre de 2011
El hombre de mis sueños

El hombre de mis sueños casi se ha desvanecido. A él lo había imaginado tanto. Es el hombre que habita los sueños de toda mujer, en lo más profundo y secreto de su corazón. Casi puedo verlo ahora, frente a mí. ¿Qué le diría, si en verdad estuviera aquí? “Perdóname. Nunca había tenido este sentimiento. He vivido sin él toda mi vida. ¿Es de extrañar que no te reconociera, a ti, que me has hecho sentir así por primera vez? ¿Habrá manera de explicarte cómo has cambiado mi vida? ¿Habrá alguna forma de hacerte saber la dulzura que me has dado? Hay tanto que decir y no encuentro las palabras. Salvo estas: te amo”. Eso le diría, si él realmente estuviera aquí.
jueves, 15 de septiembre de 2011
Sálvense
Silencio en la calle,
aunque las torretas gritan y deslumbran.
Soldados. Disparos.
Ríos de sangre. Miedo.
Silencio en la plaza,
aunque la gente aúlla y se desborda.
Reclamos. Protestas.
Ríos de palabras. Coraje.
Silencio en la Patria,
aunque nuestros muertos hablan.
“No somos cifras. Somos nombres”.
Ríos de tristeza. Sálvense.
aunque las torretas gritan y deslumbran.
Soldados. Disparos.
Ríos de sangre. Miedo.
Silencio en la plaza,
aunque la gente aúlla y se desborda.
Reclamos. Protestas.
Ríos de palabras. Coraje.
Silencio en la Patria,
aunque nuestros muertos hablan.
“No somos cifras. Somos nombres”.
Ríos de tristeza. Sálvense.
martes, 13 de septiembre de 2011
¿Dónde estás?
“¿Dónde estás?” Me hice esa pregunta tantas veces, aún sin saber quién eras; aún cuando sabía que estabas tan lejos que no podía alcanzarte. Aún cuando eras como una estrella y, desde lejos, me iluminabas el camino hacia ti.
“¿Dónde estás?” Me preguntaba, y cerrando los ojos te imaginaba de pie, tranquilo y pensativo, mirando al mar o quizás a un río. Me acercaba despacito; te abrazaba. Recargaba mi mejilla sobre tu espalda y me apretaba a ti. Sentía como te latía el corazón con fuerza; tus manos buscaban las mías y se estrechaban con calidez. Te oía suspirar. No te muevas, te decía, quédate así sólo un momento más. Es sólo un momento, pero parecen años. Quisiera que fueran años.
“¿Dónde estás?” Ese recuerdo que he creado en mi memoria, aunque falso, me hace estúpidamente feliz. Tal vez nunca había visto tu cara, tal vez nunca había escuchado tu voz, tal vez nunca te había dado ese abrazo. Y sin embargo, eras tú, siempre lo fuiste, y es tan lindo saber que existes.
“¿Dónde estás?” Preguntó mi corazón lleno de angustia tantas veces, preguntó con miedo al pensar que no podía encontrarte. Y un día descubrí que ahí estabas: en esa bufanda que dejé a medio tejer porque el frío me acalambraba las manos; en el rosario de plata que fue lo único que me dejó mi abuelo en espera de esa boda que nunca fue, y que tan fuerte estreché en mis manos rezando por encontrarte; estabas en esas amadas cartas, de desamor y de dolor que eran para nadie; entre las páginas de los poemarios de Sabines y Benedetti; en la copa vacía de un tinto que me tomé contigo sin estar tú aquí.
“¿Dónde estás?” Estas aquí, estás en mí. Estás donde nadie más sabe que te encuentro. Al fin has llegado. Aquí estás. Y la espera valió la pena.
“¿Dónde estás?” Me preguntaba, y cerrando los ojos te imaginaba de pie, tranquilo y pensativo, mirando al mar o quizás a un río. Me acercaba despacito; te abrazaba. Recargaba mi mejilla sobre tu espalda y me apretaba a ti. Sentía como te latía el corazón con fuerza; tus manos buscaban las mías y se estrechaban con calidez. Te oía suspirar. No te muevas, te decía, quédate así sólo un momento más. Es sólo un momento, pero parecen años. Quisiera que fueran años.
“¿Dónde estás?” Ese recuerdo que he creado en mi memoria, aunque falso, me hace estúpidamente feliz. Tal vez nunca había visto tu cara, tal vez nunca había escuchado tu voz, tal vez nunca te había dado ese abrazo. Y sin embargo, eras tú, siempre lo fuiste, y es tan lindo saber que existes.
“¿Dónde estás?” Preguntó mi corazón lleno de angustia tantas veces, preguntó con miedo al pensar que no podía encontrarte. Y un día descubrí que ahí estabas: en esa bufanda que dejé a medio tejer porque el frío me acalambraba las manos; en el rosario de plata que fue lo único que me dejó mi abuelo en espera de esa boda que nunca fue, y que tan fuerte estreché en mis manos rezando por encontrarte; estabas en esas amadas cartas, de desamor y de dolor que eran para nadie; entre las páginas de los poemarios de Sabines y Benedetti; en la copa vacía de un tinto que me tomé contigo sin estar tú aquí.
“¿Dónde estás?” Estas aquí, estás en mí. Estás donde nadie más sabe que te encuentro. Al fin has llegado. Aquí estás. Y la espera valió la pena.
lunes, 12 de septiembre de 2011
Déjame ser
Me he hecho el hábito de amarte, entre el café de la mañana y nuestra primera canción. Entre los libros de Arendt y de Borges, los muros de la Biblioteca, el almuerzo de las doce y el segundo café del día que todavía hoy me gusta tomar negro.
Ya no me acuerdo cómo era la vida antes de tenerte. ¿Me llamaba así, o me decían de otra manera? Mi nombre, todos mis nombres, sólo hacen sentido si los dices tú.
Y ahora que me he hecho el hábito de amarte, déjame ser la fuerza que te falte, que aunque mis manos son pequeñas, están prestas siempre para ayudarte. Déjame ser tu voz cuando te falte el aire, que aunque a veces puede ser dulce y serena, también sabe gritar, sobre todo cuando grita al viento que te quiero.
Déjame ser tus pasos, y andar de tu mano tus caminos que conozco y amo por tus letras y palabras, que aunque mis pies estén cansados siempre los hallarás dispuestos a seguirte a dónde sea que los tuyos decidan llevarlos.
Déjame ser el aliento si te falta, la fe cuando te falle, la manta que te arrope, el agua que sacie tu sed y el viento que te despeine.
Déjame ser la mujer que te ame, porque, de todas formas, a pesar de todo, ya soy toda tuya.
Ya no me acuerdo cómo era la vida antes de tenerte. ¿Me llamaba así, o me decían de otra manera? Mi nombre, todos mis nombres, sólo hacen sentido si los dices tú.
Y ahora que me he hecho el hábito de amarte, déjame ser la fuerza que te falte, que aunque mis manos son pequeñas, están prestas siempre para ayudarte. Déjame ser tu voz cuando te falte el aire, que aunque a veces puede ser dulce y serena, también sabe gritar, sobre todo cuando grita al viento que te quiero.
Déjame ser tus pasos, y andar de tu mano tus caminos que conozco y amo por tus letras y palabras, que aunque mis pies estén cansados siempre los hallarás dispuestos a seguirte a dónde sea que los tuyos decidan llevarlos.
Déjame ser el aliento si te falta, la fe cuando te falle, la manta que te arrope, el agua que sacie tu sed y el viento que te despeine.
Déjame ser la mujer que te ame, porque, de todas formas, a pesar de todo, ya soy toda tuya.
domingo, 11 de septiembre de 2011
El once ese

Foto: Remko van Dokkum.
¿Te acuerdas que miramos las pantallas como viendo en el espejo?
Era como en un enorme y perverso juego de ajedrez: las piezas comenzaron a moverse temprano esa mañana. Ocurría lo imposible; hacíamos historia mientras la mirábamos hacerse. Nos envolvía una especie de pánico incrédulo, todo era confusión, ira, llanto, dolor. No había mucho que entender, sólo mirar.
Jaque mate, antes del mediodía. El enemigo que no se podía ver, no se podía tocar, ni se sabía de dónde había salido. Jaque mate. Una bofetada brutal y tajante. Y todos éramos víctimas y testigos, y por un momento éramos uno con los neoyorkinos.
Jaque mate, pero, ¿luego qué? La inquietud de todas las voces, las preguntas en el aire. ¿Quién? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Quién está a salvo en este mundo de locos? ¿Qué se puede esperar en este mundo loco? ¿Quién jugaba al ajedrez?
Dentro de un juego retorcido cuyo objetivo se podía vislumbrar, pero que nadie veía claramente, estaba Manhattan bajo el polvo, y entre el polvo el rostro de una niñita oriental, batido de sangre. Gente saltando desde los pisos más altos de las Torres Gemelas. Vuelos comerciales secuestrados y sus pasajeros asesinados a sangre fría. Vidas humanas perdidas.
Ese día, miramos las pantallas y cruzamos el espejo. El futuro, aterrador, estaba ahí. Ahí en el once ese, ese que se recordará por siempre.
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